Por: Guillermo Zuluaga

Galán y Garzón: más que conmemorarlos, recordarlos

En Colombia se conjuga, creo que como en ningún otro lugar del mundo, el verbo conmemorar. O por lo menos realizamos la acción: vaya a saberse si es a sabiendas de que se hace, o como un ejercicio ya consuetudinario de las instituciones públicas y los medios de comunicación, entre otros sectores representativos de la vida pública. Y entonces, cuando no hay un hecho trascendente del día o una celebración de algo, entonces viene la conmemoración, casi siempre de un hecho luctuoso.

Y agosto sí que es pródigo para este ejercicio de la memoria. Cada año, desde 1990 por lo menos, este mes llena páginas, titulares, audios e imágenes televisivas para hacer eco de momentos y situaciones que acontecieron en esa treintena de días. En agosto (1989) se nos fue Valdemar Franklin Quintero; también un postrero día de agosto (1996) ocurrió la toma de Las Delicias —vaya nombre—, donde murieron 28 soldados y hubo más de 60 secuestrados a manos de las Farc. Sin embargo, en cada agosto hay dos nombres que inundan notas periodísticas y espacios en la vida académica, política, social y cultural de Colombia: Jaime Garzón y Luis Carlos Galán.

Y entonces por eso estos días han abundado y redundado las notas periodísticas y eventos para evocar la vida de Jaime Garzón, esa, desde todo punto de vista, inexplicable pérdida para el país. Porque Garzón fue un referente de los medios de comunicación, pero, ante todo, un hombre capaz de, al tiempo, alegrarnos la vida y hacernos reflexionar, al menos por un momento, sobre lo que Alberto Aguirre llamaba “las trapisondas del poder” y sobre ciertos rasgos non sanctos de nuestra sociedad colombiana. Garzón fue eso, pero además casi un profeta como quiera que muchos de los asuntos que predijo el tiempo se demoró demasiado poco en darle la razón. Pensar en Jaime Garzón es volver sobre aquello de que al parecer somos una nación a pesar de sí misma, como dijera David Bushnell, pues en esta orgía de sangre que ha poblado las páginas de nuestra historia y nuestro presente incluimos a ese hombre que era capaz de reírse de sí mismo y de hacernos reír de nuestras desgracias. Como si viviéramos en las páginas de El nombre de la rosa, donde la risa parecía un asunto pecaminoso, que había que ocultar o acallar. Y Garzón nos hacía cómplices y pecadores. Y hubimos de acallarlo.

En nuestra perenne conmemoración de batallas (también en este agosto “celebramos” 200 años de la de Boyacá), de siniestros y de muertes que es nuestra historia patria, una fecha, un momento, un evento, se transpola y se sobrepone al otro, sin reparos. El pasado, en nuestra mente, parece uno solo, sólido e inamovible. Y entonces, luego de que el país conmemorara a Jaime Garzón, muerto hace 20 años, viene la consabida de Luis Carlos Galán, muerto cinco días después en el calendario, pero una década antes de ocurrida la del humorista. Galán, a quien perdimos también un agosto, pese a algunos bemoles que podrían endilgársele, proponía al menos cambiar algunos asuntos del manejo de la cosa pública en Colombia. Galán, como diría Al Gore de sí mismo, solía ser el próximo presidente de Colombia; como también se dijo o se pensó de Gaitán; como también se pensaría incluso de Gómez Hurtado o de Pizarro, hombres que quizá se jugaron demasiado y no entendieron o no quisieron entender que Colombia es un país que suele matar a quienes representan la posibilidad de un cambio hacia adelante. En agosto 18 de 1989 murió Galán, que iba a atacar de frente dos de los males endémicos de nuestra sociedad: el narcotráfico y la corrupción, y entonces con él murió la esperanza de tantos. Porque Galán representaba eso: una ilusión.

Mucha gente, motivada quizá por la coyuntura, a cada tanto que se cumplen aniversarios similares, se suma a esa ola conmemorativa. Así ocurre en este agosto con estos dos personajes. Sin embargo, más que conmemorar (hacer memoria colectiva), deberíamos todos dedicarnos a recordarlos. A Garzón, a Galán, pero también a Pizarro, a Gómez Hurtado, a Héctor Abad, a tantos otros, deberíamos mejor “ponerlos de nuevo en el corazón”, como una forma de valorarlos más como individuos y no como mitos o símbolos, de sentirlos más cerca, más adentro: cuando en estos asuntos de la memoria actuemos también con el corazón, lograremos una interiorización de esa pérdida que nos vaya encaminando a salir de esta larga historia de muerte y de zozobra y sus consecuentes conmemoraciones simbólicas de siniestros y magnicidios. Cordialmente, valdría la pena intentarlo.

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2019-08-24T00:00:40-05:00

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2019-08-24T00:15:01-05:00

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Galán y Garzón: más que conmemorarlos, recordarlos

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