Por: Ricardo Bada

Galende

Sospecho que no hay un solo árbitro de fútbol en todo el mundo a quien, aunque sólo sea una sola vez, no le han gritado en el estadio que su madre ejerció o continúa ejerciendo la dizque profesión más antigua del mundo.

Pero también sospecho que los árbitros nacen genéticamente inmunes al insulto, gracias a un proceso que dura ya bastantes años y los debe haber acorazado acústica y mentalmente contra las mentadas de madre y demás lindezas que prorrumpe el público cuando no pita a su gusto. En cualquier caso, no creo que haya habido jamás en toda la historia del fútbol un árbitro más insultado que un tal Galende, quien condujo un partido en el viejo campo del Velódromo, de Huelva, a mediados de los años 50, entre el Real Club Recreativo de mi ciudad natal y el Atlético Baleares. En aquel encuentro, nuestro querido “Recre” (el club decano de España, fundado en 1878, un cuarto de siglo antes que el Real Madrid) se lo jugaba todo: si ganaba, ascendería de Tercera a Segunda División. Pero tan sólo si vencía; el empate no bastaba.

Ya se imaginan ustedes lo que era aquella tarde el viejo campo del Velódromo. Bullía, hervía, rugía. Y mucho más empezó a bullir, hervir y rugir cuando el público comprobó que el tal Galende no estaba dispuesto a permitir que nuestro querido “Recre” ascendiese de categoría en el fútbol nacional. Allí fue Troya. El huracán de insultos barrió todo el espectro del idioma y de las genealogías presentes, pasadas y futuras de la familia Galende, con préstamos tomados a todos los matices coprológicos, escatológicos y napolitanos de la lengua de Cervantes.

Hasta que el propio público, de manera subconsciente y unánime, se unió en un solo grito que quintaesenciaba todos los insultos del planeta y hasta del sistema solar y de varias galaxias a la redonda. El grito fue: “¡¡¡Ga-len-de... Ga-len-de...!!!”. En el apellido del árbitro se resumió de una vez y para siempre el diccionario completo y exhaustivo del insulto en lengua española.

El Recreativo no ascendió aquella temporada, pero Galende quedó como el insulto-compendio de todos los insultos en Huelva, aunque los árbitros que a lo largo de los años sucedieron a Galende no se sentían insultados al oírlo; pensarían que el público reclamaba la presencia de algún jugador a quien el entrenador local mantenía en el banquillo de los reservas.

Una llamada a mi amigo Joselito en Huelva, antes de escribir esta columna, me permite confirmar que los viejos del lugar, más de medio siglo después, continúan usando el insulto. Pobre Galende, vean ustedes qué porción de inmortalidad le fue a tocar en suerte. O mejor dicho: en malísima suerte.

 

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