Por: José Fernando Isaza

Ganadores

No es vacío el conjunto de quienes se benefician con el absurdo y atroz ataque que, con características de emboscada, perpetraron las Farc la semana pasada en el departamento del Cauca. Enemigos de las negociaciones en La Habana, imitando a los gallinazos, buscan aprovecharse de los cadáveres de los 11 soldados muertos durante el ataque nocturno.

En una negociación, en medio del conflicto, pueden presentarse encuentros armados con muertes en ambos bandos. Lo que es inaceptable es un asalto ofensivo y no defensivo durante una tregua unilateral. Cuando las Farc desde La Habana emitieron en diciembre la orden a todos los frentes de cesar los ataques armados a la población civil y al Ejército, aclararon que no renunciaban al derecho de defensa. Esta posición es entendible, en el sentido de que si los atacaban militarmente podían reaccionar de la misma forma. El asalto al polideportivo no puede catalogarse como defensivo, los soldados estaban durmiendo; no fue un enfrentamiento a una columna del Ejército que estuviera atacando militarmente a la guerrilla. El argumento de las Farc tratando de explicar lo inexplicable no convence, al decir que atacaron porque el batallón del Ejército estaba en una zona en la cual podrían perseguirlos con armas. Es parecido a la justificación de las “guerras preventivas” que desataba EE.UU. bajo la administración de Bush y que han contribuido a la desestabilización del Medio Oriente y causado millones de muertos civiles.

Es fácil decir, ante la gravedad de los hechos, que debe levantarse la mesa de negociación e intensificar la guerra para obtener una rendición o una aniquilación de la guerrilla.

Cuando se inició el gobierno de Uribe, la primera ministra de Defensa anunció que en un año la guerrilla estaría derrotada. El presidente, un poco más cauteloso, dijo que la aniquilaría en sus cuatro años de gobierno. Buscó la reelección para tener otros cuatro años para cumplir su objetivo. Con iguales argumentos buscó una segunda reelección y algunos de sus áulicos pedían que la Constitución se reformara para permitirle la reelección indefinida. Los resultados de la ofensiva militar y política de Uribe fueron una desestabilización institucional, un incentivo a la guerra sucia y al todo vale, un aumento del gasto militar y al pie de fuerza, que hoy se acerca al medio millón de efectivos, incluyendo a la Policía, que emplea armas de largo alcance.

Es más sensata la política de continuar las negociaciones, fijando plazos. Por dolorosos que son los hechos recientes, no se evitan nuevos escalando el conflicto.

Las Farc deben reconocer que las negociaciones prolongadas en el tiempo, lejos de beneficiarlas políticamente, les causan graves costos. La sociedad va endureciendo su posición a medida que transcurren, sin avances, las negociaciones; algunos sectores cuentan el tiempo de éstas, no desde noviembre de 2012, sino desde las primeras etapas, en el ya lejano gobierno de Carlos Lleras, y unen su duración con Tlaxcala, Venezuela, el Caguán, etc. Es bueno recordar que desde el inicio de la búsqueda de la paz negociada se habló de los “enemigos ocultos”. En el primer intento, Otto Morales renunció como comisionado del gobierno, ante la existencia de sectores estatales —¿cuáles?—, que torpedeaban el proceso. El equipo negociador, encabezado por Humberto de la Calle, inspira confianza. No es momento de patear el tablero.

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