Por: Mauricio Rubio

García Márquez y los 400 mil abortos clandestinos

Un buen cuento puede ayudar a entender absurdos que perduran.

El presentimiento de una mujer de que algo grave va a suceder en su pueblo para convertirse en profecía reforzada hasta que se cumple, tiene un aire a lo ocurrido con el conteo de abortos clandestinos. Hace años alguien inventó una cifra inverosímil que, como en el cuento, sin evidencia a favor e indicios en contra, fue certificada por periodistas y activistas que la transformaron en creencia tan arraigada que cualquier esfuerzo por adivinar un número que nadie ha sabido nunca con certeza es un mero ritual para confirmarla.

Yo sospecho que el chisme inicial salió de una agencia multilateral. La burocracia internacional farolea con cálculos agregados de muchísimas incógnitas, todas las del mundo. Suman para el planeta magnitudes que nadie conoce para un barrio o localidad. Si a cualquier persona informada y fisgona le resulta imposible saber lo que ocurre en las ollas o burdeles camuflados de su vecindario, la tecnocracia hace creer que conoce las ventas globales de droga, o cuantas prostitutas forzadas hay en el mundo.

Algo así ocurrió con el aborto clandestino. Sobran testimonios de mujeres y médicos empeñados en no dejar ninguna huella. “Tener cifras de cuántos se practican en Bogotá resulta casi imposible… (los datos) no son confiables por tratarse de un práctica ilegal” anotaba a finales de los noventa la secretaría de salud distrital. Pero años antes circulaba una cifra de 45 millones de abortos anuales en el mundo divididos casi por mitad entre legales e ilegales.

Los indefectibles 400 mil abortos anuales tal vez llegaron a Colombia por regla de tres: multiplicando la cifra sacada de la manga por la participación de nuestra población en la del mundo. Un indicio adicional a la coincidencia en magnitudes es que antes de la fábula global nadie mencionaba números y con el despliegue de esa millonada, la proporción correspondiente al país fue adoptada e inflada poco a poco, hasta convertirla en coletilla obligada de cualquier referencia al tema.

Cuando surgió el mito ya se disponía de un estudio riguroso del Externado de Colombia sobre aborto inducido, con trabajo de campo y encuesta respetables. No aventuraba cifras anuales, pero el estimativo implícito es apenas superior a 100 mil. Aún sin esa fuente, eran evidentes las incoherencias entre el absurdo número divulgado y la información disponible en los medios, que apuntaba toda a magnitudes bien inferiores. En 1993, empezando su carrera, un célebre periodista calculó que las colombianas muertas al año por aborto podrían llegar a 45 mil, y tranquilamente concluyó que duplicaban “las víctimas que arroja anualmente la violencia (de) guerrilla, narcotráfico y delincuencia común". En realidad, las fallecidas por tal causa ese año fueron 135.

Una insigne abortóloga escribió un artículo de divulgación del trabajo del Externado con una perla que refleja la obsesión por la cifra: si los embarazos anuales eran 1.5 millones y los nacimientos 1.1 millón, la diferencia, “no se puede explicar de otra manera”: son 400 mil abortos. Para confirmar el apreciado prejuicio, no importó ignorar las pérdidas espontáneas. Un reputado instituto neoyorquino, contradiciendo sus trabajos anteriores, con supuestos lamentables, ratificó que eran 398.700. Recientemente, la entidad responsable de una encuesta quinquenal de demografía y salud representativa de las colombianas, endosó el mito para una campaña publicitaria, a pesar de que su instrumento lo contradice tajantemente: los clandestinos estarían bien por debajo de 100 mil.

La versión original del trabajo que introdujo el rumor no se consigue, pero la sexta reedición tiene una sección metodológica que me llevó a pensar en García Márquez. El principal insumo actual para estimar el total de abortos clandestinos en el mundo son los miles de comentarios disponibles en internet basados, no en trabajo de campo, ni en encuestas, sino en los estimativos que, como los de periodistas y activistas en Colombia, probablemente surgieron de los cálculos fantásticos de la misma burocracia con imaginación global que ahora confirma su acertijo.

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Nota. Hace unas semanas resumí en una columna un artículo sobre HA HA 1, el "gen de la risa". El hallazgo lo publicaba la prestigiosa revista Science y, sólo por eso, no verifiqué el contenido con otras fuentes. Se trataba de una inocentada de 1º de Abril, "día de los tontos" anglosajón. Rectifico esa columna y pido disculpas por mi ingenuidad, de la que me hizo caer en cuenta un amigo aún más incrédulo.

 

 

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