Por: Juan David Ochoa

Garzón: 20 años

Se cumplieron 20 años del asesinato de Jaime Garzón, otra década en que su muerte reaparece en la memoria colectiva para asimilar un desastre nacional que vuelve cíclicamente a sus corrientes de sangre y a sus aniversarios simbólicos de culpa y resignación. Dos décadas de un crimen impune entre los miles de archivos empolvados entre la desidia y la complicidad del establecimiento que sigue fingiendo como un faro moral de custodia mientras caen como moscas los nombres incómodos bajo el romanticismo de la Constitución.

Nunca existió nadie más incómodo para el Estado que Jaime Garzón: más que un humorista político y superior a los candidatos que representaron el riesgo y la pérdida del predominio, era un comunicador de alcances masivos que desbarataba rápidamente la costumbre incuestionable del poder y podía hacer entender la podredumbre democrática con claridad despiadada. La mordacidad de su elocuencia y el atrevimiento de sus preguntas destrozaban la prevención y el profesionalismo retórico de un político acostumbrado a sus falacias convincentes. No les quedaba más que sonreír cuando estaban completamente destruidos por la verdad que les asestaba en público y en vivo y en directo. Lo mataron por acusarlo de ser un intermediario de la subversión y por saber demasiado, como siempre. Conocía extraños negocios al interior del Ejército con secuestrados que vendían al mejor postor y sabía perfectamente el orden de las jerarquías y los nombres principales tras las decisiones riesgosas de un Estado acostumbrado a los excesos. Castaño, el rostro de todos los crímenes, representaba toda una facción del poder que nunca apareció con nombres propios mientras continuaba el exterminio. Estuvieron siempre en la comodidad de verse representados en público por un psicópata que obedecía sus sugerencias y ejecutaba las instrucciones de los organismos de inteligencia y las órdenes de los partidos que después se lavarían la sangre de las manos cuestionando el terror del paramilitarismo y la financiación de sus escuadrones. Todos fueron los artífices de su muerte. Desde la sombra gestaron el ruido que lo acorraló hasta que el crimen no pudo evitarse. Y son los mismos que año tras año lo recuerdan homenajeándolo entre noticieros y cocteles, admirando su valentía y su talento para revelar los suburbios de la política nacional.

Castaño fue presentado después en una caja de huesos pulverizados bajo el discurso institucional del fiscal Mario Iguarán que aseguraba la veracidad de su identidad en un 99,9 %, cuando la guerra ya estaba balanceada al gusto de los inversionistas. Nadie podía cuestionar el dictamen de Medicina Legal y de la Fiscalía General de la Nación aunque todo pareciera demasiado extraño y sospechoso. Y nadie pudo saber después el paradero de Vicente y de los nombres de la jerarquía protagónica. Así que los culpables desaparecieron entre el polvo y la muerte, y los segundos chivos expiatorios, los idiotas útiles del DAS que tramitaban las listas y cargaban las maletas de las órdenes superiores, fueron capturados muchos años después y presentados como una gran efectividad y una muestra de compromiso estatal por la memoria de un crimen doloroso. Pero las grietas y los errores que dejan en las estelas y las décadas de su paranoia y su sevicia los siguen delatando sin muchas opciones de defensa. Un Estado asesino y vigilante de su propio equilibrio y su estabilidad en la tradición sigue entregando a uno de sus mandos medios, lustro tras lustro, para demostrar que todo es estrictamente legal aunque pasen décadas de espera. De cuando en cuando, un juzgado llama a indagatoria a un coronel desconocido, celebran la distracción y siguen celebrando en silencio.

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