Por: Columnista invitado

Gaza: la tragedia perpetua

En la Franja de Gaza, donde viven cerca de dos millones de personas en un espacio de apenas 362 km², más del 40% de la población en edad de trabajar se hallaba en el paro a principios de 2014; la mitad de los gazatíes, como poco, se sitúa bajo el umbral de la pobreza y carece de acceso directo a agua potable y electricidad; 900.000 personas son refugiadas o descienden de refugiados (“el mayor campo de refugiados del mundo”), y la inmensa mayoría de los palestinos allí residentes dependen de la ayuda exterior para subsistir. Uno de cada dos niños menores de 9 años, como poco, padece anemia o desnutrición y, desde 2006, la zona está completamente aislada del exterior, salvo las aperturas intermitentes del paso de Rafah, con Egipto. El bloqueo impuesto por Israel desde hace ocho años impide la entrada de productos básicos e incluso las remesas monetarias, aranceles e impuestos que deberían recibir unas autoridades sin apenas capacidad de gobierno. Sin Estado ni nación ni infraestructuras ni ninguna posibilidad de desarrollo económico y social, Gaza sufre una situación calificada por las organizaciones humanitarias internacionales como “trágica”, en un contexto de violencia, privación y opresión de difícil parangón en otras regiones del planeta.

Gaza tampoco tiene ejército, ni armada ni acorazados ni fuerza aérea, ni siquiera aeropuertos operativos. Gaza es la expresión de una nada abarrotada de gente sin espacio para moverse ni salidas a ningún sitio, ni siquiera al mar, cercado asimismo por las fragatas del régimen de Tel Aviv. Sin embargo, la última operación militar desatada por la poderosa maquinaria de guerra israelí, que en su tercer semana ya camina hacia las 700 víctimas mortales y los 5.000 heridos, ha sido recibida por la llamada “comunidad internacional” con una indiferencia que sólo ha dejado paso a cierta inquietud a medida que la operación terrestre del ejército israelí provocaba decenas de bajas en sus filas. Comprobar, por enésima vez, en los medios de comunicación prosionistas, una legión en los cinco continentes, la vigencia del recurso al victimismo y la denuncia de la “gran amenaza que se cierne sobre Israel” resulta ya cansino; observar cómo los grandes y medianos medios que se postulan como “neutrales” siguen haciendo de este conflicto interminable entre los palestinos y la ocupación israelí una cuestión “simétrica” entre dos partes enfrentadas —como si ambos fueran dos estados, dos ejércitos, dos entidades plenamente soberanas; como si una de las dos no hubiera expulsado a los habitantes originarios ni dispusiese a discreción de las tierras, haciendas y vidas de la otra— suscita numerosos interrogantes sobre qué debemos entender por objetividad y, si nos apuran, lógica racional. La maquinaria propagandística sionista, más fabulosa aún que la militar, consigue producir imágenes tan peculiares como la de que Israel se defiende de un ataque militar en toda regla de Hamás contra su territorio o que éste utiliza a los civiles —¡todos los civiles!— como escudos humanos y de ahí la gran mortandad de niños y mujeres palestinos. Cualquier argumento, por irracional que sea, por estúpido y cínico que pudiera resultar, sirve para escribir un nuevo capítulo de esta historia dantesca en la que los palestinos ponen siempre la mayor porción de muertos, hambre y desposesión.

Los títulos pomposos —repulsivos— de las operaciones militares del régimen de Tel Aviv varían, pero los resultados suelen ser parecidos. Destrucción para Gaza, reafirmación para Israel. Se dice que con el paso de los años la posición mundial frente a los excesos israelíes adquiere mayores tintes de crítica y rechazo. Desde luego, en esta ocasión se ha visto poco. En julio de 2014 los proyectiles lanzados sobre Gaza superaban los utilizados durante los ataques de diciembre 2008 y enero 2009 y los de noviembre de 2014. Y tampoco sirvieron de gran cosa desde el punto de vista sionista, pues ni Hamás ha perdido por completo su capacidad de respuesta ni la población palestina se ha alzado en rebeldía contra los islamistas ni ha aplaudido con grandes muestras de alborozo la bondad de los bloqueos, bombardeos y desprecios israelíes. Al contrario, la resistencia palestina continúa ahí. Así que, tras una tregua frágil en la que sobre todo Israel tratará de arrancar las mayores concesiones, esperen una nueva agresión en años futuros. Una nueva cortina de humo en la que el “terrorismo” y el “odio a los valores de modernidad y democracia encarnados por Israel” ocultarán el auténtico problema de fondo: desde hace décadas nadie ha propuesto una solución efectiva a la injusticia ejercida sobre millones de personas que ni han podido ni pueden desplazarse libremente ni volver a sus casas ni otorgarse el mero derecho de vivir en paz en su tierra. 

** Experto en derecho internacional de la Universidad Autónoma de Madrid.

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