Por: Reinaldo Spitaletta

Gaza y las hermanas muertas

NO SÉ CÓMO SERÁ ESTAR BAJO LAS bombas israelíes, en permanente estado de terror, que ni en una mezquita te salvas, ni en ninguna edificación.

Ahora, una fotografía me muestra los cadáveres de cinco hermanas palestinas, envueltas en sudarios blancos, acribilladas por los bombardeos del cuarto ejército más poderoso del mundo, mientras las tropas judías invaden la martirizada Franja de Gaza y aniquilan a decenas de civiles.

Uno sabe que en todas las guerras, la mayoría de víctimas son civiles, pero no quiere decir que nos acostumbremos. Hasta ahora —dicen los informes— van más de cuatrocientos muertos palestinos, miles de heridos y la destrucción de la infraestructura física y gubernamental de la zona. A través de la tele uno ve la agresión israelí muy cerca, pero tan lejana, que puede uno mirar el desastre mientras se toma una limonada.

Ser palestino es pertenecer al sufrimiento y la zozobra. Es estar en estado de coma. Es carecer de suelo. Es estar sometido a la humillación y ataque de unos políticos y soldados israelíes que, como creo que advirtió Saramago, son unos especialistas en crueldad, unos “doctorados en desprecio que miran el mundo desde lo alto de la insolencia que es la base de su educación”. Antes de los bombardeos, el bloqueo israelí a la Franja de Gaza era ya la antesala del infierno. Ni siquiera se podían entrar libros ni instrumentos musicales, porque, quién sabe, pueden ser artículos peligrosos.

¡Ah!, pobre Daniel Barenboim, el gran director y pianista argentino-israelí, que alguna vez reunió a palestinos y judíos en una orquesta de utopía, hermosa, en la cual se hermanaron los dos pueblos. Pero estos asuntos poco interesan a un Estado como el de Israel —punta de lanza de los Estados Unidos— que se niega a reconocer a la nación palestina y practica una política de exterminio contra ella.

Ser palestino es vivir (?) como desarraigado y refugiado en su propio país, no sólo en medio de la inopia que causa el bloqueo israelí, sino atrapado entre muros de la infamia (cual guetos de la Segunda Guerra) y el calificativo de terrorista que le da Israel, aupada por Washington. Y aquí vuelvo a unas viejas palabras del Nobel portugués, cuando comparó la política de Israel en los territorios ocupados con los campos de exterminio nazi de Auschwitz.

La incursión israelí, bajo el pretexto de detener el lanzamiento de cohetes artesanales de Hamas, es la más violenta desde 1967, cuando, precisamente, cercenaron el territorio palestino. Pero lo más sorprendente es la impunidad con la cual actúa Israel, que se pasa por la faja recomendaciones, acuerdos, resoluciones y protestas, hace lo que le da la gana, y cuenta con la complicidad internacional y la ineficacia de la ONU.

Desde hace cuarenta años, Gaza padece el control militar israelí, sin derecho a la autodeterminación. Es un conglomerado de refugiados, denso y triste y pobre, sobre el cual Israel mantiene su opresión y “estado de sitio” permanente. Su bloqueo (mecanismo que bien aprendió de los Estados Unidos) deja en vilo a una población que se debate entre el hambre, la falta de medicinas y de combustibles. Creo que la afirmación del autor de Ensayo sobre la ceguera coincide con la realidad. Bueno, toda esta barbarie la apoya Bush. Y Obama dice que la seguirá patrocinando.

Las noticias cuentan que los sobrevivientes (los mártires) de Gaza tienen hambre. Ya no hay ni siquiera harina y solo tienen dátiles y frutas secas. Los bombardeos y el arrasamiento continúan. Israel, pese a las protestas de los pueblos del mundo, insiste en su genocidio contra los palestinos y en violar el Derecho Internacional. Vuelvo a mirar la foto de las cinco muchachas muertas y creo que los palestinos retomarán la honda de David y soñarán con la justicia y la paz en el Medio Oriente.

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