Por: Aura Lucía Mera

La generación de la esperanza

Así llamó Ana María Ibáñez a los graduandos de los Andes hace ya un año en un discurso brillante que deberían conocer todos los universitarios que se despiden de las aulas para iniciar su caminar por la vida real. Hasta hace poco decana de Economía de esa prestigiosa universidad, viaja en estos días como profesora invitada a Yale University durante seis meses.

Ana María se ha recorrido el país entero para enterarse y verificar de primera mano la situación real de los desplazados, las víctimas de la violencia, respaldando con cifras irrefutables la realidad de estas generaciones perdidas en medio de fuegos cruzados, donde la población civil fue la más afectada. Ha recibido premios internacionales y sus investigaciones son ampliamente conocidas en los ámbitos académicos por su seriedad y profundidad.

Ph.D. de la Universidad de Maryland en economía agrícola y recursos naturales, especializada en análisis microeconómico del conflicto armado y sus consecuencias sobre hogares y víctimas, pobreza y desarrollo, su voz es una de las más respetadas en estos temas por su objetividad en la investigación.

Está en las manos de los jóvenes profesionales la reconstrucción de este país. Tienen una gigantesca responsabilidad para cambiar la manera de pensar y actuar de esta sociedad, que ha estado inmersa en la violencia fratricida.

Ha cesado el fuego bilateral. Es un hecho que el 23 de junio se silenciaron las armas. Las Fuerzas Armadas y las Farc no continuarán esta contienda armada. No habrá más tomas de pueblos, ni bombardeos, ni civiles arrasados por el fuego cruzado.

Este primer paso es trascendental. Pero el camino apenas comienza. Los nuevos profesionales, a través de sus empresas, de su creatividad, de su responsabilidad social, tienen en sus manos ir cerrando la brecha de la inequidad. No tienen que heredar los odios, los rencores, la polarización política, las viejas mañas ni las ambiciones de las generaciones pasadas.

Sus bisabuelos, abuelos y padres estuvimos marcados con la señal de Caín desde la infancia. Hemos vivido en medio de la sangre. Colombianos de todos los estratos socioeconómicos hemos sido por igual víctimas y victimarios, sea por acción u omisión, por ideologías atávicas, por indiferencia o accionares demenciales.

Esta generación de la esperanza está llamada a cambiar, a sembrar una nueva semilla para que sus hijos y nietos conozcan y vivan libres, sin ataduras emocionales heredadas. Un país en el que existan el respeto, la igualdad de oportunidades, la honestidad y la esperanza. Un país donde todos nos reconozcamos como hermanos. Un país donde, como reza el Padrenuestro, nos perdonen nuestras ofensas de la misma manera que nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. Un país sin rencor. Todos cabemos en él.

Las armas se han silenciado. Colombia puede empezar a comunicarse con una nueva voz. Parodiando a Rafael Alberti, creemos al hombre nuevo cantando. Sí, cantando a la esperanza... ¡y trabajando por ella!

 

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