Por: Ricardo Bada

Genéricamente correcto

Inefable. En el estado federal alemán Norte del Rin/Westfalia, donde vivo, han reformado el Reglamento de Tráfico Vial, nada menos que con objeto de hacerlo genéricamente correcto.

Pero no vayan a creer que lo reformaron para que no digamos más “los ciclistas, los conductores, los peatones, los jinetes”, y sustituyamos unos masculinos tan brutales con tiernas parejitas, tales como “los/las ciclistas, los/las conductores/as, los/las peatones/as, los jinetes/las amazonas”... Noooo, tan sencillo no resuelven los alemanes un problema taaaan grave.

No. Ahora, por lo menos en el lenguaje oficial, en vez de “ciclista” se dirá “quien monte en bicicleta”, que es completamente neutro, como también lo son “quien conduzca un auto” por “conductor”, “quien vaya a pie” en lugar de “peatón”, o “quien cabalgue una montura” para designar al “équite”.

Sólo que los sabios reglamentadores perpetraron un delito genérico al dictaminar que “se deben de seguir las señales e indicaciones de los funcionarios de la policía”. ¡¿Cóooomo, y las de las funcionarias, no?! En la glosa del diario de Colonia, gracias a la cual me entero de este nuevo parto de la genialidad lingüístico-legislativa, se propone como nueva redacción del susodicho ítem: “Quienes vistan de uniforme, y lleguen en un carro azul plateado, con faro giratorio en el techo y haciendo sonar el ta-ti-ta-tá, pueden dar órdenes que deben ser obedecidas”.

Bien saben los dioses y, sobre todo, mis amigas (quienes me importan bastante más que todos los dioses), cómo es que estoy infatigablemente a favor de las causas donde se anden ventilando derechos tan legítimos de su género como del mío, porque en último término se trata siempre de derechos humanos, que no conocen distinción genérica. Pero en materia lingüística no puedo sino tomarlo como una broma, a veces para no llorar, si fuera el caso de llevar la homologación genérica hasta sus últimas consecuencias. ¿O es que podrían ustedes tolerar un titular como este: “30.000 DESAPARECIDOS/AS POR LA DICTADURA ARGENTINA”?

En una lengua viva, y la única viva es el idioma hablado, resulta imposible imponer reglas, es él (=ella) quien las impone. Y a los más recalcitrantes defensores de lo genéricamente correcto los quiero ver arengar a una masa, o discurrir en público y en voz alta, usando ese ridículo sistema dual. El público se les reirá en la cara de buena gana, en eso sí que tienen el éxito garantizado.

Y ya pueden empezar a lapidarme por lo que dejo dicho; tales son los gajes de la profesión de periodisto [sic, no es errata].

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