Por: Klaus Ziegler

Género y lenguaje

En mi última columna escribí: "Desde tiempos inmemoriales los hombres…", cuando pude haber escrito "los humanos", sin ofender la sensibilidad de algunos lectores.

El reclamo es justo, pues en este caso la forma neutra del sustantivo elimina cualquier connotación machista, no entorpece la redacción ni atenta contra el estilo. Un asunto muy diferente, sin embargo, es la pretensión de hacer obligatorio el uso de un lenguaje que abunda en circunloquios inútiles, como “los niños y las niñas”, o “los alumnos y las alumnas”, o “los colombianos y las colombianas”…, que poco o nada contribuye a la lucha por la igualdad de derechos, pero que sí dilata la escritura, afea el estilo y hace insoportable la lectura.

Como señala Fernando Ávila en su ensayo, “¿Feminismo o idiotismo?”, si en verdad nos proponemos ser consecuentes con esta posición, tendríamos que censurar expresiones de uso común, como “el perro es el mejor amigo del hombre”. Es su lugar nos veríamos forzados a escribir “el perro y la perra son el mejor amigo y la mejor amiga del hombre y de la mujer”. De igual manera, para mencionar otro ejemplo, los asistentes de vuelo estarían obligados a cambiar el tradicional saludo “señores pasajeros…”, y suplantarlo por “señores y señoras pasajeros y pasajeras…”. Un lector advirtió con cierta ironía cómo habría que sacrificar más de un verso si se pretende mantener un milimétrico equilibrio entre los géneros. Una versión no sexista de la traducción más conocida de la “Oda a la Alegría”, de Friedrich Schiller, no podría decir “todos los hombres llegarán a ser hermanos”, sino “todos los hombres y mujeres llegarán a ser hermanos y hermanas”.

Y para ser justos, también sería necesario evitar la discriminación a la inversa. Así como algunos insisten en que también se diga “superintendenta” o “gerenta”, tendríamos que pedir que se utilice la voz masculina donde no existe: “ciclisto”, “periodisto”, “analisto”… ¿Y cómo darles gusto a quienes abogan por “poeta”, en lugar de “poetisa”, pero que a su vez demandan que se diga “médica” o “médico”, dependiendo del sexo del individuo? Tampoco hay “amanto” o “amanta”, sino “amante”, sea hombre o mujer.

Es preciso recordar que en español el género no marcado es el masculino, y el género marcado es el femenino. Según la Nueva gramática de la lengua española, “cuando se hace referencia a sustantivos que designan seres animados, el masculino no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase que corresponde a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos”. Sin embargo, podría alegarse con razón que un argumento de autoridad no es apropiado en este caso, si tenemos en cuenta que la Real Academia Española está conformada por treinta y siete hombres y solo tres mujeres.

Hay que señalar que detrás de toda esta discusión subyace la creencia generalizada en el poder casi mágico de la palabra. Se supone que el lenguaje es responsable de nuestras acciones, y que al cambiarlo como proponen algunas feministas, se contribuye de manera efectiva a reducir la discriminación social de la mujer. La tesis goza de tanta evidencia empírica como la afirmación de que solo usamos el 10% de nuestros cerebros. El persa moderno, para dar un ejemplo, es una lengua neutra sin masculinos ni femeninos, y sin embargo Irán es un país donde las mujeres valen poco menos que las cabras. ¿Acaso no debería decir “cabras y cabros”?, pues cabra es un sustantivo epiceno, es decir, uno en que el género femenino se utiliza para referirse a cualquier animal de la especie, sea macho o hembra, una injusta manera de “silenciar” a los pobres machos.

En su propósito de evitar todo prejuicio de género, la cruzada lingüística ha llegado hasta el extremo de forzar a oradores, escritores, profesionales y maestras a que adopten el uso de un lenguaje artificial y recargado que incurre en el “idiotismo”, es decir, el error que consistente en corregir lo que ya es correcto. Aunque no está nada claro que estos esfuerzos hayan sido provechosos, sí han logrado, sin embargo, fomentar un discurso hipócrita al que nos tienen acostumbrados los oradores públicos, que saben cómo ganar adeptos utilizando un lenguaje incluyente, sin comprometerse a cambiar prácticas que rebajan o subordinan a la mujer. Como afirma Claudio Wagner en su artículo “Lenguaje y género”: “Escribir `chairperson´ es más barato que pagarle a una `chairwoman´ el sueldo de un `chairman´”.

De otro lado, sí es un deber luchar para que se elimine del lenguaje oral y escrito el uso de vocablos con connotaciones sexuales ofensivas: “zorra”, “machorra”, o “vieja”, para referirse a una mujer, independiente de su edad. Resulta inaceptable que diarios como “El Colombiano” den cabida en sus páginas de opinión a columnas vulgares e insultantes (“Virus importados y mulas”) donde el autor se refiere sin ninguna vergüenza a las integrantes del Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer, “Cedaw”, como “23 viejas machorras”.

Al comienzo de esta columna expuse mis razones para estar de acuerdo en reemplazar los genéricos androcéntricos por sus formas neutras, una costumbre que, reconozco, debería comenzar por los columnistas de opinión, aunque soy consciente de cuán difícil es cambiar los malos hábitos. Pero, aun si hubiese escrito “los humanos”, ¿cómo podría resolverse el problema de la asimetría que crea el artículo “los”, que al igual que el complemento sería igualmente masculino?
 

 

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