Por: Héctor Abad Faciolince

Género y sexo en el deporte

Con motivo de la publicación de su primera novela, La mierda y el amor, el filósofo Armando Silva decía hace poco que “la literatura puede ser un instrumento poderoso para crear nuevos imaginarios de género” y que para él “es una prisión” el hecho de que “ser hombre o ser mujer sean las únicas opciones de ser”. En la academia es muy importante la distinción entre sexo y género. El sexo es una categoría biológica (cromosomas, órganos reproductores, hormonas, genitales), mientras que el género es algo que se construye culturalmente según los roles que las distintas sociedades atribuyen a lo que es masculino o femenino. Que lo rosado sea femenino y lo azul masculino, por ejemplo, o que los pantalones sean masculinos y las faldas femeninas, que sea femenino cocinar y masculino cambiar las llantas, son distinciones de género culturales.

Los culturalistas y los esencialistas no se ponen de acuerdo en cuánto hay de biológico y cuánto de aprendido en los roles que generalmente se asignan a machos y hembras. Un naturalista dirá que el impulso a la maternidad es instintivo en la mujer; un culturalista, que este es un rol de género aprendido. No pretendo entrar aquí en esta difícil discusión. Lo que me interesa es cuándo, en el deporte de alta competencia, se puede considerar que una persona es de sexo masculino o femenino. Y digo de sexo, no de género.

Hay personas que nacen hombres (según los genitales y la apariencia exterior), pero se sienten de género femenino; personas que nacen mujeres y se sienten hombres. Esto a algunos muy conservadores, o a los fanáticos religiosos, les parece una perversión, una depravación. Dicen que Dios no hace las cosas a medias y que se nace hombre o mujer. Las cosas no son así ni siquiera en el reino animal. El pez payaso, por ejemplo (el mismo de Nemo), nace macho, todos los huevos son machos, y uno de ellos se vuelve mujer. Si la hembra se muere, uno de los machos cambia de sexo y se convierte en la hembra del grupo. Así que incluso Dios puede crear las cosas más ambiguas. Hay hermafroditas que nacen con pene, testículos y vagina, y estos podrán definir su género según como se sientan más cómodos.

El problema es que en el atletismo de alta competencia el hecho de ser biológicamente macho o hembra tiene implicaciones que se traducen en ventajas que no vienen dictadas por el género cultural, por los roles que nos imponen en la infancia, sino por la masa muscular. Y en promedio los machos tienen más masa muscular que las mujeres. Esta no es una afirmación machista, sino estadística. Nado en una piscina con un grupo grande de hombres y mujeres; todas las mujeres me ganan a mí (Paola, Marsha, María Teresa, Catalina, etc.). Pero al mejor de los hombres del grupo no hay ninguna mujer que le gane. Por eso a los hombres que no son como yo (viejos y lentos) no los dejan competir con mujeres, porque no es justo.

En deportes o juegos que no tienen que ver con la masa muscular, sino con la inteligencia, esta regla no se cumple. Judit Polgar, la gran maestra húngara de ajedrez, les ha ganado a los mejores ajedrecistas hombres del mundo: Karpov, Kasparov, Spasky, Anand… En el músculo cerebral no hay diferencia. Lo mismo ocurre en la literatura, la música y las artes en general. Si hay menos mujeres que se destaquen en estos campos es por problemas de género cultural, no de sexo. Pero en el deporte es distinto.

La discusión viene al caso porque esta semana la atleta sudafricana Caster Semenya (oro en los Olímpicos de Río 2016), dos veces campeona mundial, no podrá volver a competir con las mujeres según decisión de la Federación Internacional de Atletismo. Semenya, que se siente de género femenino y quiere ser mujer, tiene vagina, no tiene útero ni ovarios, pero sí testículos internos por una variación cromosómica, y tiene altos niveles de testosterona. La definición de macho y hembra, según el sexo, es más difícil de lo que parece. La discusión, entonces, está abierta.

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2018-04-28T22:00:52-05:00

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