Por: Melba Escobar

Gente como nosotros

Entre 2005 y 2007 viví en Barcelona. Entonces entendí que no en todas partes había que andar por la calle como si fuese un campo de batalla, temiéndoles a los extraños, preocupándose por miedos que se van haciendo inminentes a fuerza de oírlos y repetirlos como si fuesen mantras apocalípticos: el paseo millonario, el robo de celular con cuchillada, la burundanga, el atraco, y así.

Aquí la cotidianeidad es un circo de varias pistas donde todos parecemos tener un papel establecido. Nos movemos entre “gente como nosotros”, y aunque tengamos 40 años sigue siendo decisivo en qué colegio estudiamos, a qué universidad fuimos, en qué barrio vivimos, compartimentados en estratos que delimitan los contornos de nuestra realidad como si viviésemos en una sociedad de castas. “Aquí todo el mundo es muy igual”, me dijo una vez mi sobrina suiza mientras caminábamos por el parque de la 93. “¿Te fijas? Se visten igual, hablan igual, piensan igual”.

Fue en Barcelona donde aprendí a hablar con extraños en la calle, un gusto que desarrollé en el Paseo del Borne, donde solía tomar cervezas hasta altas horas, a donde iba sola y me sentaba en una banca a ver la gente y, a menudo, a conocer a un extraño. De pronto pasaba un alemán con quien nos enganchábamos en una conversación, o hablaba diez minutos con el Paqui que me vendía la Stella, o terminaba oyendo la historia de una mujer noruega que había enviudado y ahora viajaba por el mundo dejándose perder en conversaciones con una extraña como yo. En esos encuentros no había una agenda. Solo la disposición de perderse en un encuentro fortuito, de conocer a otro, a cualquier otro, y asomarse en su vida aunque fuese un instante.

Durante esas veladas entendí el concepto del “flâneur”, del que me hablaban en mis clases de literatura. Los citadinos como sibaritas caminantes, observadores sin prisa ni propósito. La ciudad como una inmensa rueda de la fortuna a donde hemos venido de todas partes para compartir un paréntesis, un recuerdo que no se parece a ningún otro y que nos permite saborear la inmensidad de la aldea global. La calle, la avenida, en este caso el Paseo del Borne, como el Paseo de Las Ramblas o el de Gracia, en fin, los bulevares de las grandes ciudades de Europa, son la representación de la belleza. Un punto de encuentro entre arquitectura, paisajismo y arte, por donde circula la vida de los desprevenidos transeúntes, dispuestos a dejarse sorprender.

Sentí tristeza por esos caminantes brutalmente asesinados. Sentí dolor por Barcelona, por las víctimas y, confieso, un poco también por los victimarios. Esos pobres chicos perdidos que no encuentran a quien culpar de su aislamiento. “Parecían gente como nosotros”, dijo un hombre entrevistado en Ripoll, el pueblo catalán de donde provenían los terroristas. Y no puedo evitar pensar que ese camino de creer que los “como nosotros” nos mantienen a salvo, mientras que los otros son el peligro, es lo que lleva a la desconfianza y la segregación.

Alivia pensar que los habitantes de Barcelona llevan días repitiendo “no tenemos miedo” (no tinc por) como si fuera un mantra, el mantra de los que, a pesar de todo, quieren seguir el camino de la libertad y la integración.

@melbaes

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