Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Geografías de la fiebre

“Hola, bebé. Yo sé que a ti te ha dado fiebre, dime si a ti te ha picado el chikunguña, es una picadura que no puedes contener”.

Así suena el éxito Travesuras en la versión de Christian Bar, Jkar, reguetonero y baladista radicado en Sincelejo.

La picadura, sin embargo, sí se pudo contener en algunas partes de la ciudad. En otras sólo pasó a formar parte del repertorio de posibles fiebres y contingencias domésticas. Durante diciembre, en respuesta al suspenso que despierta la palabra epidemia, escritos de opinión e informes periodísticos se concentraron en la enfermedad y se fue consolidando un relato público sobre la misma. Este relato le pedía cuentas al ministro de Salud (y al sistema de salud en general), afirmaba que el virus provenía de África, que lo transmitían los mosquitos Aedes aegypti y Aedes albopictus y concluía que se trataba de un “problema del Caribe” (o su variante: “una dolencia de nuestro Caribe”). Hoy, ya sin la novedad, es posible hacer referencia al chikunguña sin hablar siempre del ministro Gaviria o caer en el continente africano y el Caribe como un todo.

Con el grado de segregación espacial en las ciudades de la costa norte, cualquier fantasía de homogeneidad, del tipo “los caribes somos víctimas del virus”, es problemática. Además, Cúcuta (la ciudad en donde se reportan más casos) queda lejos del mar. Así, tal vez convenga hablar de unas geografías urbanas del chikunguña: de un padecimiento que seguirá afectando a los habitantes de unos barrios específicos (en los que reposan unas aguas). Pues esta es, a fin de cuentas, otra historia de agua.

El Aedes aegypti tiene criaderos en toda agua que se guarde dentro de casas y patios, en tinajas, baldes y tanques del baño. El albopictus se cría en casi cualquier agua empozada. Están en riesgo los barrios sin alcantarillado de aguas lluvias; aquellos en los que el servicio de agua es intermitente, bajo de presión (si llega a veces o en gota a gota hay que guardarla) o impagable (si el agua sale muy cara las familias la almacenan para reutilizarla en tareas de aseo y recolectan también la lluvia); los barrios ubicados cerca de obras de construcción inacabadas (como las etapas que, en ciudadelas de vivienda de interés social habitadas, se quedan por meses a medio hacer); los habitados por gente que construye perpetuamente su casa (siempre se guarda material que puede servir como recipiente) y donde la recolección de basuras es desordenada o “no llega”, pues tapas de gaseosa, cáscaras y bolsas arrumadas se convertirán en cuerpitos de agua.

Una lectura de las dimensiones sociales y ecológicas de la ciudad (de Ibagué, Cúcuta, Ocaña o Santa Marta) haría evidentes los límites, prioridades y contradicciones de los gobiernos locales que le dan forma a la enfermedad. En ese contexto saldrían a bailar otras carteras y reguladores: la superpoderosa Vicepresidencia, el Ministerio de Ambiente, los reguladores de servicios públicos. Esta lectura debe ser consciente de que la segregación de la ciudad, en nortes y sures, capitales y áreas metropolitanas, hace parte de la epidemiología del chikunguña. Recuerda también que las medidas tomadas desde un solo frente y sobre la marcha deben evolucionar, pues los mosquitos se pueden ir adaptando. Y reconoce que desigualdad no implica únicamente inseguridad económica sino “vulnerabilidad corporal” (en palabras del geógrafo Matthew Gandy).

 

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