COVID-19: ¿Cuáles son las acciones adelantadas por el Gobierno para enfrentar la pandemia?

hace 12 horas
Por: Julio César Londoño

George Steiner, la suma pagana

“Uno de los momentos más felices de mi vida fue cuando conseguí atarme los zapatos por primera vez con la mano impedida”, dice George Steiner en una entrevista publicada el miércoles. Había muerto el lunes, cuatro meses después de Harold Bloom, el otro gran crítico literario del mundo.

Padecía una malformación congénita en su mano derecha. Fue ateo porque consideraba que las religiones eran hijas del miedo, sentimiento que atenta contra la dignidad humana, y le gustaba repetir una frase de Schopenhauer: “Las religiones son cosmologías para niños, por eso son alegóricas, ilustradas”.

Una vez atados los zapatos, Steiner dedicó la vida a atar los cabos sueltos de las ciencias con las humanidades, y de estas con las artes y la religión, y se convirtió en el segundo gran autor de metarrelatos de la historia, por debajo solo de Bertrand Russell y muy por encima de Edward Gibbon, Thomas Mann, Peter Watson, Umberto Eco, Alejo Carpentier, Germán Arciniegas y Yuval Noah Harari.

El metarrelato es un ensayo enciclopédico que abarca grandes periodos de tiempo y privilegia la especulación sobre la memoria. Obedece a una antigua pulsión de la especie, la construcción de vastas síntesis del pensamiento, el viejo afán de tirar el trazo final del plano del laberinto.

Nació en París, vivió en Princeton y Cambridge, amó en cuatro lenguas y envidió siempre a los “creadores” (poetas y narradores) porque consideraba que la crítica era un arte menor: “En el Instituto de Princeton, la casa de Einstein y de Gödel, y luego en Harvard y en Cambridge, he sentido de cerca el olor de la gloria. Dos veces he oído que llamaban de Estocolmo en el despacho de al lado. Y he sido invitado a participar en las celebraciones de esa tarde. Y hasta me he sentido parte del equipo como crítico o publicista. Es un privilegio, sí, pero también es algo subordinado, auxiliar”.

Este complejo le permitió entender perfectamente el terrible aforismo de La Rochefoucauld: “En la desgracia de un amigo hay algo que no nos molesta”.

Amó a los cínicos porque sabía que eran ángeles caídos, porque el hombre no puede ya construir sin vergüenza sentencias nobles. Además, la paciencia, la generosidad, la bondad y otras virtudes dominicales han sido ensalzadas hasta la saciedad. Es hora de enfrentar nuestro lado oscuro y reconocer el vértigo irresistible de la ambición, la envidia y la ruindad.

Cualquiera es capaz de acuñar frases ejemplares, pero se requiere un coraje tremendo para publicar nuestras vilezas y presentar en sociedad al mezquino sujeto que se esconde detrás de la máscara del ciudadano políticamente correcto.

Steiner dejó un voluminoso diario que se publicará en 2050, o cuando su esposa muera. Como aún no tenemos aceleradores del tiempo, editores y lectores del mundo oran hoy por la salud de la señora.

Murió reprochándose su miopía, no haber anticipado que el cine sería un instrumento superior a otras artes más antiguas; que el feminismo sería no solo el movimiento social más importante del siglo XX, sino quizá el más relevante del siglo XXI; rezongaba como cualquier Vargas Llosa contra la vulgaridad de la masa y la frivolidad de los medios; lamentaba no haber escrito más “literatura creativa” (poemas, narrativa) y le preocupaba la suerte de la Unión Europea, ese alto sueño de convertir las fronteras en zonas ricas y porosas.

Steiner nos deja ensayos densos, es verdad, pero aligerados con primicias, iluminados con una prosa piana, enriquecidos por asociaciones inesperadas y especulaciones muy agudas. El mundo del conocimiento nos abruma con sus minucias y especializaciones. Steiner nos regala la altura necesaria para contemplar la historia del pensamiento desde una inteligencia y una sensibilidad privilegiadas.

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