Por: Nicolás Rodríguez

Gladiadores en el hielo

Del hockey sobre hielo sólo sabía que siempre, en algún momento del partido, se armaba una pelea.

En otras épocas, además, de los puñetazos de dos jugadores de equipos rivales se pasaba a una trifulca grupal en la que volaban cascos y guantes. Incluso palos. Todo un espectáculo en el que la armonía y elegancia de los patinadores se convertían en auténtica batalla campal.

Ahora el hockey, que en Canadá es considerado deporte nacional, pasa por un mal momento. Pese a que algunos hinchas constatan que el escándalo siempre hizo parte del juego, algo se rompió, probablemente para siempre, durante este verano, en el que tres jugadores que participaban (o participaron) en la liga nacional (NHL) murieron lejos de las canchas.

Rick Ripien, de 27 años, se suicidó. Dereck Boogard, de 28 años, tuvo una sobredosis de alcohol con oxicodina. Y Wade Belak, recién retirado, también se suicidó; tenía 35. Tres profesionales del hockey cuya misión no era hacer goles sino acumular faltas. Los penaltis, podría decirse, eran sus hojas de vida. En sus respectivos equipos todos cumplían la misma función: cuidar la espalda de los demás. Recibían, pues, los golpes que no daban. Protegían aplastando.

Porque la violencia en la NHL, aunque regulada, está permitida. Ya no se ven montoneras (gracias a las cuantiosas multas), pero es normal que dos jugadores, sin palos ni guantes, se den golpes hasta que alguno caiga al suelo. Ahí todo termina. Con la rechifla, el aplauso o la lesión cerebral. En inglés les llaman “fighters”, luchadores. En francés, dado que el deporte prácticamente se institucionaliza en la provincia canadiense de Quebec, los medios les apodan “les durs á cuir”, los de difícil cocido (o simplemente los tipos rudos).

De ahí las alarmas pues muchos creían (y siguen creyendo) que en sus dos metros de altura y más de 100 kilos no había espacio para la debilidad. Como si el hielo fuese arena y el atleta un gladiador.

 

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