Por: Klaus Ziegler

Glenn Gould, ¿genio autista?

Perfil de uno de los pianistas más brillantes y excéntricos del siglo XX.

Un infarto cerebral, pocos días después de cumplir los cincuenta años de edad, acabó trágicamente con la vida de Glenn Gould, uno de los pianistas más brillantes y excéntricos del siglo XX.

Es imposible permanecer impasible ante la precisión matemática y el virtuosismo alucinante de Gould en su interpretación de la Partita número 2 en do menor de Bach. Y es una razón para vivir, como alguna vez diría uno de sus admiradores, escuchar su legendaria interpretación de las Variaciones Goldberg en la grabación realizada un año antes de su muerte, en 1981. Su estilo inconfundible puede apreciarse en la ejecución de esta composición extraordinaria, primordialmente en los pasajes contrapuntísticos. Además de su técnica formidable, Gould hace gala de una habilidad única para separar las distintas voces polifónicas y para mantener un pulso rítmico, firme y vigoroso, sello distintivo de su personalidad artística.

Nadie mejor que él encarna la figura del genio críptico, ególatra y solitario. Su caracter extravagante y rebelde parece retratado en su acostumbrada postura ante el piano, sentado en su pequeña silla desvencijada, de patas recortadas, y casi sin asiento, con la espalda encorvada y las teclas a la altura de la nariz, acompañando la actividad febril de sus dedos con un canturreo en voz baja que llega a ser perceptible en algunas grabaciones.

Hay algo intrigante en el genial pianista canadiense que podría explicar parte de su extraordinario talento, así como sus rasgos idiosincráticos y su vida monacal: según su siquiatra Peter Ostwald, Gould reunía muchos de los elementos característicos del síndrome de Asperger, una forma de autismo que va acompañada de fobia social y de una sorprendente sensibilidad a los estímulos sensoriales.

Esta extraña condición sicológica fue descrita por primera vez por el doctor Hans Asperger quien llamó a los niños con este síndrome “pequeños profesores”, debido a su manera peculiar de expresarse, así como al pasmoso bagaje de conocimientos en un tema específico. Los individuos que padecen este síndrome suelen poseer una inteligencia por encima del promedio, muestran un carácter obsesivo y un interés monotemático. Tienen dificultades para interactuar en sociedad y para identificar los sentimientos de otras personas, y no comprenden el sarcasmo ni las metáforas. Son propensos a desarrollar movimientos extraños y tics nerviosos, y su forma de hablar muestra ritmos anormales con frecuentes alteraciones fonéticas, cambios súbitos en la entonación, el volumen y el timbre de la voz.

En Gould son evidentes, aunque en forma atenuada, algunos de estos síntomas. Llama la atención el irritante tarareo que acompaña sus interpretaciones, el cual iba seguido de extraños movimientos de la boca que producían la incomoda impresión de ser remedos perfectos de la actividad motriz de sus dedos; y son notorios los tics faciales que le daban un aspecto caricaturesco. Otras idiosincrasias, como su manera rápida y atropellada de hablar, pueden observarse en entrevistas y grabaciones que hacen parte del material fílmico que se conserva sobre esta leyenda del teclado.

El genio es una misteriosa combinación de talento y entrenamiento. A medida que conocemos más sobre la fisiología cerebral se hace más evidente que el cerebro, un órgano infinitamente plástico, es capaz de reorganizar su “alambrado” como respuesta al ejercicio y a las exigencias del medio para convertirse en una máquina altamente especializada, capaz de ejecutar con la más fina precisión la labor para la cual fue entrenado. En el caso de los intérpretes musicales, este grado de especialización puede llegar a extremos asombrosos.

Sin embargo, me inclinaría a pensar –y juzgo en parte por mi propio entrenamiento musical– que por encima de las dotes artísticas, la esencia del virtuoso reside fundamentalmente en una suprema habilidad motriz y en una buena memoria. Como los acróbatas, los grandes intérpretes son capaces de recordar y ejecutar con increíble rapidez y precisión largas secuencias de complejos movimientos que exigen la más alta coordinación, lo que solo se logra comenzando a edad muy temprana, y después de incontables horas de ejercicios repetitivos cuya práctica debe realizarse en forma continua durante años. Por ello, y aunque resulte sacrílego señalarlo, es probable que las destrezas de Glenn Gould, como las de cualquier gran intérprete, se asemejen más a las de un prestidigitador excepcional que a las de un verdadero artista creador.
 
A pesar del alto estatus intelectual que se otorga a los grandes intérpretes, es posible que estos compartan más facultades mentales con los llamados “idiots savants” que con los grandes intelectos. Quizá ello explique por qué algunos niños adiestrados desde muy temprano pueden ser intérpretes virtuosos a una edad precoz, a pesar de su todavía muy limitada capacidad intelectual.

 

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