Por: Fernando Carrillo Flórez

¿Globales o parroquiales?

“VIVIMOS EN MEDIO DE PARADIGmas rotos e instituciones multilaterales en declive”, dijo hace unas semanas, no un activista antiglobalización, sino el propio presidente Lula.

En otra escala, el papa Benedicto XVI ha escrito en su última encíclica Caritas in veritate que debe repensarse la autoridad pública y propone la creación de una nueva autoridad política mundial. Obama afirma que debe replantearse la cuestión de los G, pues el G8 ha mostrado su insuficiencia y el G192 de Naciones Unidas debe ser renovado y revitalizado; para no hablar del G77 y demás G intermedios que han demostrado su débil liderazgo. Por ello, el G20 aparece como multilateralismo posmoderno con las principales economías emergentes y efectividad en los resultados.

En la reciente Cumbre del G8, en Italia, la semana pasada se dejó a un lado el plan económico global anticrisis, porque no hubo acuerdo sobre si ya se ven los retoños verdes de la recuperación económica o se necesitan estímulos adicionales. El presidente Obama —quien cree en la última opción— prefirió dejar el asunto para la reunión de septiembre del G20 en Pittsburgh bajo su liderazgo. Y aunque se lograron acuerdos importantes en materia de cambio climático y seguridad alimentaria, el tema de fondo quedó servido para la próxima mesa. En Italia fue claro para algunos que hay invitados de segunda fila que llegan con butacas a sentarse donde otros pontifican desde sillas gestatorias.

Esto último ya no se acepta en la globalidad, con un grupo como los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) con 40% de la población mundial, 15% del PIB y generadores del 65% del crecimiento global. Los cuatro se reunieron en la ciudad rusa de Ekaterimburgo hace pocas semanas en una cita inadvertida para muchos que exhibió un gran peso político y económico. En particular la China y la India, cuyas predicciones de crecimiento económico pese a la crisis, corroboran el fin de la dependencia de estas economías del crecimiento de los países desarrollados. Pero lo más importante fue cómo cerraron filas respecto de los objetivos políticos coincidentes para reclamar, por ejemplo, cambios radicales en materia de voz y representación en los organismos internacionales.

Todo indica que los pronósticos de la muerte del capitalismo por cuenta de la crisis económica global apuntaron a donde no era. La primera víctima de la crisis ha sido la forma como hoy se enfrenta la problemática global, se buscan los consensos y se toman las decisiones. En pocas palabras, como se hace hoy la política en el orden global. Así tenía que ser, porque la globalización política venía remolcada por una globalización económica sin norte político. Un Estado que se encuentre pensando en el futuro deberá incorporarse en el debate sobre la nueva arquitectura política global, arropándose en bloques regionales al margen del aislamiento. Brasil va a la delantera hace rato.

En nuestro patio interno continuamos a la espera de una definición de una política exterior futurista, consumidos en luchas intestinas menores y enredados con los bravucones del vecindario. Otros se dedican a actuar en función de metas de mayor calado que marcarán quién es quién en un mundo global que ojalá no sea refundado a espaldas de nuestra dirigencia parroquial.

 

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