Por: Eduardo Barajas Sandoval

Globalización del talento

En la medida que nadie se va del todo de ninguna parte, surge una nueva clase de ciudadanos que no pertenecen a un solo país.

Las diásporas pueden ser oportunidades sin límites para que millones de personas ofrezcan lo mejor en los escenarios y parajes más diversos, sin olvidar su lugar de origen familiar y cultural. Como se trata de un fenómeno espontáneo, produce efectos que nadie previó y que aún están por medir, comprender y aprovechar. De pronto la fuerza combinada de todos los migrantes significa para la humanidad un valor de sorprendentes dimensiones y de gran utilidad, en una época en la que tanto dependemos unos de otros. Ante lo cual es mejor buscar consensos que discriminar.


Los movimientos migratorios han adquirido tales proporciones que configuran una realidad expandida por los principales centros de poder del mundo. Son precisamente esos centros de poder los que se convierten en el mejor aliciente para atraer personas que prefieren ir a buscar fortuna en otros lugares, para no languidecer, o no sumirse en la monotonía en la comarca que les vio nacer. Y es allí donde, bien que mal, alguien les necesita. Donde satisfacen una necesidad. Y donde después de todo se integran no sólo para subsistir sino para enriquecer la variedad económica y cultural de los sitios que, en muchos casos a regañadientes y con evidente hipocresía, terminan por recibirles.


Si los migrantes de todo el mundo regresaran súbitamente a su lugar de origen, con sus ahorros y sobre todo con lo que aprendieron en aquellos lugares en los que encontraron un oficio, cualquiera que éste sea, se produciría un colapso también súbito en las grandes aglomeraciones urbanas del planeta. Y si después de un tiempo esas aglomeraciones lograsen sobrevivir, en cuanto pudiesen hallar quien les limpie las calles y las casas, atienda los ancianos y les gerencie uno que otro negocio o les sirva de intérprete de realidades culturales distantes, sin duda tendrían que sufrir el impacto cultural de la ausencia de todos esos advenedizos que, después de todo, les dan hoy el carácter cosmopolita del que tanto se ufanan.


Existen países, receptores y exportadores de talento migrante, por así decirlo, que tienen conciencia de la magnitud y de las posibilidades de aprovechamiento del fenómeno. Otros siguen atónitos ante la marcha de sus cerebros, silenciosos ante la partida de sus marginados, molestos por la llegada de hordas de gente de otro color y de otro talante, o confusos por el mestizaje cultural que, aunque no lo quieran, ayuda a enriquecer todas las sociedades y sobre todo contribuye a borrar fronteras nacionales que, pese a los mejores esfuerzos, resultan inútiles ante la suma de las energías internacionales del rebusque y del encuentro de muchos mundos al impulso feliz de la satisfacción de necesidades mutuas.


Es muy posible que la India y la China sean campeonas del buen aprovechamiento del fenómeno migratorio. Parece que tuvieran conciencia de que sus diásporas, extendidas hacia los verdaderos centros de poder del mundo contemporáneo, más temprano que tarde les traerán beneficios, porque sus nacionales de algún modo lo siguen siendo en cualquier parte y se llevan todo lo propio, lo mismo que remiten o se traen todo lo que pueden del otro lado. Con lo cual tienden puentes múltiples entre sus países y sus culturas, y ayudan así a hacer el mundo a la vez más complejo pero a la vez más sencillo y más cercano, con mejores denominadores comunes.


Los latinoamericanos, y de manera notable los colombianos, han entrado en el proceso migratorio cada vez con más fuerza. Se mueven en diferentes direcciones, y aprovechan y reivindican, de hecho, su condición occidental. Han comprendido instintivamente las opciones de nuestra expansión, aunque no la miren como tal y se sientan por ahora en muchos casos golpeando humildemente la puerta de solares de los poderosos. Sin percatarse de que, con el tiempo pasarán a formar parte del paisaje de esos solares y, a la vuelta de varias décadas, al ritmo que llevan, se convertirán en accionistas significativos de sus procesos económicos, sociales y culturales, de donde el salto a la significación política no es tan difícil.


A la conciencia de los migrantes debemos sumar la nuestra, para incorporarlos a ese proyecto colectivo de la colombianidad sin fronteras, que tiene que sacar beneficios de la presencia de millones de compatriotas en el exterior, mantenerlos vinculados a la vida del país, conferirles representación auténtica, no oportunista, en las instituciones, y programar la forma como ellos pueden aportar al progreso del país los beneficios de esa globalización del talento de la cual, cada uno desde su puesto, es protagonista.

 

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