Glosa paseada

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En el Afrozoom del 27 de junio nos preguntamos cómo darle legitimidad a la justicia propia de las comunidades negras del río Baudó, donde —como en otras regiones— el Gobierno no controla esa pandemia de balas que cobra más víctimas que la del COVID-19. Representantes de los nuevos liderazgos se reunieron con quienes hoy en día ya ostentan el título de “mayoritarios”, e idealmente deberían hacer parte de aquellos consejos ancestrales que la guerra también maniata como faros éticos y políticos de esos pueblos. Rudecindo Castro —codiseñador de la Ley 70 de 1993— propuso rescatar y reanimar la glosa paseada. ¿La qué?, preguntó casi toda su audiencia. Ahí mismo se me vino a la mente Ismenia Marmolejo. Había nacido en Bagadó sobre el río Andágueda, donde se había vuelto experta en pasearse frente a la casa de una ofensora, recitándole a la audiencia más nutrida posible las frases que describían tanto el agravio cometido, como la compensación a la cual aspiraba la ofendida. En los años de 1950, ese arte de arbitrar disputas ajenas la había llevado a Quibdó, donde se hacía merecedora aún de más fama. Amalia Lú Posso¹ recoge el corrinche que se formó porque Zunilda Córdoba le arrebató a Reneida Rentería su marido, su tienda, sus hijos y hasta “la pesa del queso … que mantenía brillante como un espejo para hacerle demostraciones a las gentes de cómo se usa de bonito para que dé el peso exactico…”. Sus palabras Ismenia las reforzaba apoyando su mano por el dorso “… con las yemas de los dedos hacia arriba, semejando un nido lleno de tominejos recién nacidos … o agitándola al viento hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados y, por supuesto, contra el cuerpo sobre la angarilla, porque … es importante … la elegancia que hay que tener hasta para ofender…” (el subrayado es mío y lo hice pensando en el fiscal Barbosa).

Antes de salir hacia la casa que para entonces ocupaba Zunila, Ismelina le puso carbón a su plancha y arregló su mejor falda, polleras, sujetador y blusa desacotada, porque a las vociferaciones que había preparado también las debería acompañar de la coreografía apropiada. Y andando, contoneándose, levantando saya y polleras, “… empezó a moverse con los pasos lentos en el terraplén … [y] cuando vio que ya se aglomeraba la gente, respiró hondo, irguió las tetas, adelantó la pierna derecha, apoyó el talón de su pie desnudo contra el suelo mientras los dedos se movían como abanico, se puso la mano en la angarilla y voceó”:

¿Quién es, cómo se llama la que vive en esta casa de balcón verde?

¿Quién es, cómo se apellida la que se da aires de dama?

¿Quién es, cómo se llama, cómo se apellida la que por más señas le gusta el hombre ajeno, persigue al hombre ajeno?

¿Quién es la que va a misa, blanquea los ojos y comulga después de haber cogido hombre ajeno?

En un primer momento, Zunilda no se amilanó y sacó su bacinilla por la ventana. Ante esa respuesta, Ismenia tuvo que redoblar el ataque, con tan mala suerte que se desgajó un tremendo aguacero. Con su audiencia reducida, optó por arremeter aún con más ahínco, adosando sus “quién es, cómo se llama”, mostrándole a Zunilda una nalga. Ahí sí, la contundencia de glosa y paseo llevaron a que la agraviadora saliera corriendo de Quibdó.

Justicia propia para superar conflictos con mímica, humor, poesía, danza, y estética del vestido, mas no con amenazas de prisión. Impunidad reducida gracias al escarnio público, sin Estado que chantajea con el terror. Haremos más Afrozoom para apoyar a los pueblos de ascendencia africana en su campaña de apelar a la justicia propia.

* Profesor del Programa de Antropología, Universidad Externado de Colombia.

¹ Posso Figueroa, Amalia Lú. 2001. Vean vé, mis nanas negras. Bogotá: Ediciones Brevedad, págs.: 81-89.

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