Por: Luis Carvajal Basto

Gobernanza

Con otra crisis mundial en la puerta de nuestras casas y las instituciones de gobierno más desacreditadas que nunca, pocos parecen recordar que la debacle financiera fue posible por falta de eficiencia y gestión gubernamental y no por exceso de ellas.

Mientras se empieza a temer una recesión mundial que podría desencadenarse si los Estados Unidos  y Europa no despegan, los economistas en el mundo han encontrado diferentes explicaciones. Estas van  desde que hemos llegado a los confines de la capacidad de las sociedades para endeudarse, hasta, como lo recoge  el periodista  español Iñaki Gabilondo, los límites de un modelo que no puede subsistir si no crece. En verdad, quien crece no es el modelo sino, nuestras necesidades. No se trata de un precepto teórico. ¿Estará la respuesta a la crisis solamente en medidas como refinanciar los bancos o reducir las tasas de interés?

La realidad es que las causas son múltiples, pero tienen un común denominador, digamos, extraeconómico: la incapacidad de los gobiernos para garantizar condiciones propicias para el crecimiento con bienestar, como sí se hubieran convertido, para algunos, en una camisa de fuerza que constriñe el desarrollo tecnológico y la dinámica de la globalización, mientras para otros se trata de que no regulan suficientemente. Pareciera llegado el momento en que la globalización confronta con un formato de Estado nacional que la frena o no es capaz de gobernarla.

Mientras tanto, los gobiernos deben lidiar con los problemas de la economía que, en sentido estricto, hoy, escapan a su alcance nacional. El  desempleo en Estados Unidos, por ejemplo, no se puede entender sin comprender las razones del bajo precio de los productos chinos, los cuales tienen que ver con su particular estructura de costos y su manejo cambiario y están fuera del alcance del mismo gobierno norteamericano.

La palabra de moda es desconfianza. En las inversiones que generan empleo, en la capacidad de restablecimiento  de los bancos que prestaron a gobiernos que no tienen como  pagar o en lo que hacen estos con los recursos que reciben como impuestos. En un momento así, ¿Será  “sálvese quien pueda” la respuesta adecuada? Pues eso parecen pensar quienes ante la eventualidad de un naufragio ponen candado a los botes salvavidas o amarran las manos de los gobernantes, como en Estados Unidos, también por desconfianza promovida por intereses políticos.

La desconfianza y las malas expectativas no son un asunto estrictamente económico pero determinan el rumbo de la economía. En la situación actual, ambas dependen de la capacidad    de los gobiernos y la calidad de la política, que son susceptibles de transformaciones y mejoras y eso es responsabilidad de los ciudadanos y no solo de las élites.

Quienes argumentan que nuestro modelo de sociedad llegó al límite, parecen olvidar que fuimos capaces, en el último siglo, de atender las demandas de un mundo que pasó de 1000 a 7000 millones de habitantes haciendo posible que, si bien no hemos podido superar la pobreza, tengamos unas expectativas de vida superiores a las de entonces. La  escasez de recursos es inversamente proporcional a  la productividad y el desarrollo tecnológico, contra los cuales se estrellan, afortunada y permanentemente, las “teorías” de los límites.

En vista de que no se pueden entender empresas, utilidades y empleos sin una sociedad en la cual funcionen y esta, a su vez, sin unos mínimos de convivencia garantizados por las leyes, los gobiernos y el sistema político, no es posible encontrar soluciones en el actual periodo de pre crisis con gobiernos desprestigiados o moralmente incapacitados por el azote de la corrupción, el despilfarro o cualquier otra razón.

Para solucionar la crisis de la economía no tenemos alternativa diferente a la mejora, actualización y fortalecimiento de la política y las instituciones de gobierno. Siempre será mejor una nueva gobernanza que el caos. Tarde o temprano tendremos que tomar al toro por los cuernos.

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