Por: Luis Carlos Reyes

Gobernar el campo con Biblia en mano

Me gustaría que el ganador de estas elecciones gobernara el campo con Biblia en mano, como lo prometió. La violencia y la injusticia de la historia de Colombia están ligadas al campo, que también es el escenario en el cual transcurre la mayor parte de la historia que narra la Biblia. Y si de algún tema de actualidad trata este libro —mucho más, por ejemplo, que de moral sexual— es de tierras y campesinos.

La cosmovisión de los hebreos giraba en torno a la relación entre Dios, la tierra y los que la trabajan. En el principio, decían, Dios creó un paraíso terrenal, el Jardín del Edén, donde la humanidad cultivaba, en paz, una tierra fértil. Pero una especie de tragedia cósmica nos llevó a la situación que conocemos ahora. La agricultura se volvió difícil: “Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida”, le dijo Dios al hombre. Expulsada la humanidad del paraíso, la envidia y la muerte —ejemplificadas por la historia del asesinato de Abel a manos de su hermano Caín— se volvieron algo cotidiano. La separación entre el ser humano y el creador distorsionó la relación de los seres humanos entre sí y con la tierra. Quizá no es coincidencia que la Biblia le atribuya la fundación de la primera ciudad —que, como todas las ciudades, aleja a la humanidad de la naturaleza y el campo— a Caín el asesino.

Los hebreos creían que Dios los había elegido para ser un modelo de sociedad que restaurara las relaciones primigenias entre Dios, humanidad y tierra. En busca de ese ideal, sus leyes y sus profetas pusieron el derecho de todos a la vida y al sustento por encima del derecho absoluto de unos pocos a la propiedad privada. Por ejemplo, en la tierra prometida el campo fue dividido de manera equitativa entre todas las familias de Israel, y aunque la tierra podía ser comprada y vendida, cada 50 años regresaba a los descendientes de los dueños originales, para mantener la equidad y que no hubiera estirpes condenadas a vivir sin tierra. Más aún, la explotación del campo no era un derecho exclusivo de sus dueños, sino que por ley estos tenían que dejar frutos sin recoger, para que los pobres y los extranjeros los cosecharan y se alimentaran.

En términos modernos, la distribución inicial de la tierra era igualitaria, su objeto social era el bienestar de todos los miembros de la comunidad y la reforma agraria para corregir desviaciones de ese designio original era periódica. Los linderos que demarcaban las propiedades de cada familia —algo así como un catastro rural— eran intocables. “No traspases el lindero antiguo, ni entres en la heredad de los huérfanos”, advierte el libro de Proverbios, “porque el defensor de ellos es el Fuerte, el cual juzgará la causa de ellos contra ti”. La acumulación excesiva de tierras iba en contra de ese designio: “¡Ay de los que juntan casa a casa, y añaden heredad a heredad hasta ocuparlo todo! ¿Habitaréis vosotros solos en medio de la tierra?”, les reclama el profeta Isaías a los latifundistas de su época.

Isaías también condena a los gobernantes “prevaricadores y compañeros de ladrones”, que “aman el soborno, y van tras las recompensas; [que] no hacen justicia al huérfano, ni llega a ellos la causa de la viuda”. Así que cuando alguien dice en Colombia que quiere gobernar con principios bíblicos, quizá quiera decir que se va a oponer a la codicia de los latifundistas y a los crímenes de los ladrones de tierras; que va a demarcar y proteger las tierras de los pobres del campo, de los huérfanos y las viudas del conflicto, y a darle a la tierra un uso social consistente con la justicia y la misericordia.

Ojalá se refiera a eso. Porque ay de los que, desde una comodidad citadina como la de los descendientes de Caín, no oyen la voz de la sangre de sus hermanos, que clama desde la tierra.

* Ph.D., profesor del Departamento de Economía, Universidad Javeriana.

Twitter: @luiscrh

 

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