Por: Augusto Trujillo Muñoz

Gobernar es concertar

El país vive un drama desde hace tres décadas. Así de claro. Finalizando los años 80 las instituciones evidenciaron su incapacidad para mantener la seguridad ciudadana y responder a la amenaza de la guerrilla y a la violencia del narcotráfico. La sociedad civil interpeló a su dirigencia y el movimiento estudiantil de la Séptima Papeleta proyectó esa interpelación sobre todo el escenario nacional. Pero, además, postuló la necesidad de romper amarras con un viejo país que se negaba a actualizar sus instituciones y a incorporarlas al universo de su tiempo.

El presidente Virgilio Barco era un demócrata. Sabía que, en una democracia moderna, gobernar es concertar. Oyó a la gente, no solo recogió sus reclamos sino también sus propuestas y dictó el decreto que abrió la puerta hacia la convocatoria de una asamblea constituyente. El diálogo del Gobierno con el país nacional hizo posible la Constitución de 1991. Los colombianos asistieron al nacimiento de un nuevo país sustentado en dos grandes columnas: Estado social de derecho y economía social de mercado.

Lo que seguía era adelantar una pedagogía mínima y aprovechar el consenso para lograr que quienes redactaron la Carta Política desarrollaran las nuevas instituciones. No fue posible. El presidente César Gaviria propició un acuerdo del país político consigo mismo, para evitar que los constituyentes presentaran sus candidaturas a las elecciones legislativas subsiguientes. Era, algo así, como la vindicta del viejo país, que sancionaba de esa manera a quienes sembraron la semilla del nuevo. Este nunca acabó de nacer.

Desde 1993 hasta 2019 se aprobaron tres o cuatro reformas constitucionales y 40 contrarreformas. Casi todas estas fueron propuestas de los gobiernos de turno y no pocas reelaboradas por la Corte Constitucional, con la inefable teoría de la sustitución de la Constitución. Salvo la tutela, las principales conquistas de la Carta del 91 se quedaron escritas. Algunas de sus normas más progresistas —relacionadas, por ejemplo, con los mecanismos de participación, la autonomía territorial y el pluralismo jurídico— fueron desarrolladas por leyes restrictivas, que a la Corte le resultaron exequibles.

Es el mismo drama que los jóvenes de hoy ponen de presente en estas semanas. Más allá de las organizaciones que convocan el paro, los jóvenes están interpelando a su dirigencia, como en 1991, e intentan recuperar las esperanzas fallidas de la sociedad civil, que ve cómo cada día que pasa se desmontan principios y reglas del Estado social de derecho y de la economía social de mercado. El futuro se ve peor que el presente y eso anuncia desgracias en cualquier sociedad. Por lo tanto, es apenas natural que, por entre ese cúmulo de frustraciones, salga a la superficie el descontento social.

Hay un acumulado gigantesco de insatisfacciones que hace necesario un nuevo diálogo social. Nadie aquí le está apostando al chavismo porque a cualquiera le basta mirar el desastre de sus resultados. Nadie pide que se vaya el jefe del Estado, salvo su copartidario Fernando Londoño Hoyos. Lo que desea la gente es un diálogo para construir acuerdos sobre lo fundamental. Esa enseñanza de Álvaro Gómez corre pareja con la de Virgilio Barco: gobernar es concertar. Solo así concluirá felizmente esta nueva interpelación de la sociedad civil a su dirigencia.

Nota. Esta columna solo volverá a aparecer en enero, por las vacaciones del autor. Gracias a los lectores.

@Inefable1

* Exsenador, profesor universitario.

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