Por: Columnista invitado
A mano alzada

Godot espera los impuestos

Por: Fernando Barbosa

Si a cambio de esperar a Godot, como en la obra de Beckett, esperáramos los impuestos, se invertiría la tragedia. Se supone que sea Godot quien habrá de traer la salvación y la felicidad, pero eso jamás sucede. Fatalmente, lo opuesto en el caso de los impuestos es que sí llegan. Pero hay más: no solamente llegan, sino que con frecuencia son modificados, o los suben para la mayoría y los bajan para pocos, o se amplían o reducen las excepciones y pululan la evasión y la elación. Se multiplican los trucos detrás de bambalinas y, al final, en uno y otro caso, el drama permanece: los que aguardan a Godot enfrentan la angustia, igual que los contribuyentes, y ambos son atrapados por el absurdo.

Joseph E. Stiglitz, en su columna “Déjà Vudú” del 7 de octubre en El Espectador, hace un juicioso análisis de la reforma tributaria que quieren impulsar el presidente Trump y los republicanos. Se trata de disminuir las cargas de las corporaciones y de los más ricos bajo la ilusión de que ello reanimará la economía, creará empleos, disminuirá la desigualdad y aumentará el bienestar de la gente. Pero las evidencias van en sentido contrario.

Dice Stiglitz: “Debido a que la inversión incremental es financiada en gran medida por deuda, y los pagos de intereses son deducibles de impuestos, el impuesto corporativo reduce el costo de capital y los retornos de la inversión proporcionalmente. Por lo tanto, ni la teoría ni la evidencia sugieren que la ganga propuesta por los republicanos con respecto a los impuestos corporativos irá a incrementar la inversión o el empleo”.

The Economist del 10 de octubre también se refiere al mismo problema, pero desde la perspectiva de la evasión de impuestos y el ocultamiento de capitales en los paraísos fiscales que, de una u otra forma, avivan las desigualdades. Y, desde otro ángulo, en entrevista publicada por el New York Times del mismo día, el premio Nobel de Paz 2006, Muhammad Yunus, le confiesa a su interlocutor la necesidad de modificar el sistema económico que nos domina en el que prevalece el capital sobre el trabajo y nos reta a fijar como objetivo principal no las ganancias, sino la solución de los problemas sociales. Y no se limita a la teoría. Da ejemplos, como el de “Campo Vivo” en Colombia.

Lo que aquí se hace evidente es la tensión entre la teoría económica y los seres humanos. El Hojoki, escrito por Kamo no Chomei en 1212, hace seis siglos, lo plantea con sabiduría: “Se nos ha dicho que los sabios emperadores del pasado gobernaron con compasión. Ellos entejaron sus palacios con cortezas de árbol y se negaron a perfilar los aleros; condonaron los ya exiguos impuestos cuando vieron que las cocinas de la gente ordinaria hacían menos humo que antes”.

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