Por: Reinaldo Spitaletta

¡Gol de Colombia!

Nada más mundano ni más trivial que el fútbol. Pero tal vez ninguna actividad más convocadora.

Una liturgia colectiva cuyos feligreses, según las circunstancias de un partido, ascienden al luminoso paraíso o se hunden en las tenebrosidades del infierno. Se ha dicho, no sin razón, que es un nuevo opio de la gente; un estupefaciente para drogar a aquellos que, en otras circunstancias, podrían ser un mentís para el establecimiento.

Pero, a su vez, ningún negocio transnacional mueve más dinero y ganancias que el fútbol. Está hecho para la plusvalía. Y aun para intereses subterráneos. Aparte de las competencias de clubes y equipos, el fenómeno de las selecciones conduce a entusiasmos y frenesíes de masas, que no en pocas ocasiones coinciden con chauvinismos y otras patrioterías, que en nada se corresponden con la categoría de nacionalidad.

Sucede que hay países en los que el afecto y la pasión por un seleccionado parecen ser los elementos clave de la identidad. Es como si no hubiera otros valores culturales que merecieran tenerse como parte de la pertenencia a un territorio. El fútbol lo llena todo y de ese modo hasta los políticos aprovechan el fervor para vestir una camiseta del onceno nacional, o para envilecer más, como lo pueden hacer ciertos relatores deportivos, la palabra “patria”.

No recuerdo tanto vigor en el grito por un partido del seleccionado colombiano, cuando Fredy Rincón, después de una tocata entre él y el Pibe Valderrama, le metió por entre las piernas el balón al arquero alemán, en un golazo que despertó una histeria colectiva en el país. Salí por las calles de Medellín a recoger reacciones para una crónica de periódico. Y en La Iguaná viví momentos cumbre: un niño negro, con una bandera de Colombia corría y corría. Iba hasta la orilla de la quebrada y se devolvía, con una sonrisa blanca y la alegría larga. Solo que la bandera estaba raída, desteñida y con un roto en en la franja amarilla. La había desprendido del techo del rancho para la celebración.

El pasado partido entre Colombia y Chile tuvo infierno y cielo, quizá faltó el purgatorio, para que Dante hubiera tenido cabida en la apoteosis. Para antes del juego, en bares y almacenes la gente vestía la blusa amarilla y había caras de contento. Como si se fuera a inaugurar el mundo. Hay ciudadanos que parece que la vida misma fuera un equipo de fútbol, y en este caso una selección, en la que cifran todas sus esperanzas. Como si la vida y el universo se redujeran a una actuación de noventa minutos.

Es posible que no vean más atractivos en un país de desigualdades, manejado por politiqueros, bandidos y oportunistas, y solo les quede el fútbol como una opción de saborear a veces el triunfo o desmoronarse de dolor con las derrotas. Finalizado el primer tiempo, se supo de aquellos que, tras los preliminares de triunfalismo, aterrizaban en una realidad de contrastes. Cuando Falcao empató el juego, los que estaban en el averno se escaparon y ascendieron a un cielo artificial.

Lo dicho: nada más vano que el fútbol, pero nada más despertador de emociones, de algarabías y aun de abrazos efímeros suscitados por ese orgasmo universal del gol. El fútbol, en particular en los casos de disputas de una selección para un mundial, se torna como una suerte de comunismo momentáneo que iguala a pobres y ricos. Incluso, mandatarios y gamonales aprovechan para la demagogia. Y hasta el filósofo y el analfabeto se juntan en esa comunión pagana.

Un taxista me contó que, terminado el primer período entre Colombia y Chile, una señora en una tienda donde él paró a ver el juego, insultaba a los jugadores y al técnico. Los maldecía. Él, asombrado por la reacción de la mujer, le dijo que solo se trataba de un deporte, de un partido de fútbol. Y ella siguió gruñiendo. Terminado el juego, el taxista fue y la abrazó. Ella le dijo, según él: “vea, querido, si Colombia hubiera perdido, esta noche mi hombre no me haría el amor”.

El fútbol da para todo. Desde ganancias inverosímiles a transnacionales hasta momentos de amor ardiente para celebrar un empate que tuvo gusto de victoria.

 

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