Por: Arturo Guerrero

Good bye, paz

“Cambio cultural dentro de las Fuerzas Armadas”, “la misma lógica que terminó en miles de ejecuciones extrajudiciales”, “agresividad preocupante”, “no permiten que el país se tranquilice”. Estas afirmaciones no pertenecen a Petro, ni al partido FARC, ni siquiera a Roy Barreras.

Están consignadas en el editorial del viernes pasado del periódico más antiguo de Colombia, con 132 años. Uno de los de mayor trayectoria en América. La posición oficial de El Espectador le toma el pulso actual a un país que este diario ha observado desde cuando la difunta Constitución goda del 86 era bebé. Esta longevidad quizás le da más autoridad, por lo menos más perspectiva, que la de cualquier ser vivo del presente. Ha visto pasar mucha agua debajo del puente.

Le pone el ojo a la institución armada. Enfoca a continuación la intranquilidad del país. Tiende lazos entre los falsos positivos de la primera década del XXI y el gota a gota de los asesinatos camuflados de hoy. Y apunta al fondo de la convulsión: una transformación cultural, una lógica nueva.

Es evidente que el cambio militar observado retumba, en comparación con las salas desiertas del Hospital Militar de Bogotá durante los años de negociación y firma de la paz con la guerrilla más vieja. Ese lapso de fundición de fusiles trajo al país rural una tregua que se pensó definitiva. Y al país urbano, una fiesta del espíritu no conocida en esta nación matarife.

Pero la guerra estaba apenas dormida. Una facción política que muere por ella, como los depredadores por la carroña, se encaramó al poder ejecutivo y reinstauró su viaje al fin de la noche. Dio un giro a la cultura, esparció una lógica de terror. Los militares, así, fueron llamados a las filas de los bidones con litros de sangre.

El país se erizó de nuevo. Sobre campos y ciudades cayeron aguaceros de cuchillos, la gente reasumió su cara más agria. El columnista Antonio Caballero caricaturizó la tribulación poniendo en boca de su Club man: “Si matan exguerrilleros es porque no quedan guerrilleros”.

Los grafitis de las universidades públicas regresaron a un radicalismo, tipo Plaza Che. Más fascismo trae más facinerosos. El sabio en medioambiente Gustavo Wilches-Chaux trinó hace tres días: “Al paso que vamos, este año no pasa del 31 de diciembre. Apunten y verán”.

En medio de estos aires no buenos, los dos primeros mandatarios se han aplicado a meter miedo en torno de las marchas del próximo 21. Que es mentira el paquetazo económico, motivo de la protesta. Que los globos de ensayo, elevados cada dos o tres días desde distintos flancos gubernamentales y paragubernamentales, son inocentes juegos de niños y no preliminares sicológicos de lo que se viene.

Que las manifestaciones y plantones son estrategias del Foro de São Paulo, sustituto de última hora del alicaído castrochavismo. Por fortuna los pajarracos de Actualidad Panamericana revelaron en trino del 10 de noviembre la siguiente consolación: “Parte de tranquilidad después de que anarquistas internacionales aclaran que solo intervienen en países donde hay gobierno”.

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