Por: Armando Montenegro

Gorbachev

Cuando se cumplen los 100 años de la Revolución de Octubre, es interesante leer el testimonio del fin de la Unión Soviética en la biografía de Mikhail Gorbachev de William Taubman (W.W. Norton, 2017). Allí se aprecia cómo Gorbachev intentó, apresurada e improvisadamente, realizar una serie de reformas para tratar de salvar el moribundo régimen que presidía, pero, muy a su pesar, tuvo que presenciar su liquidación. Así se comprobó, otra vez, que, con alguna frecuencia, los reformistas sucumben ante el riesgo de ser devorados por los movimientos que ponen en marcha.  

Uno de los aspectos más interesantes de la vida de Gorbachev fue el proceso mediante el cual, poco a poco, comprendió que el régimen soviético no era viable. Todo comenzó con los libros. Burlando la censura, tuvo acceso a una variedad de textos prohibidos, comenzando por los de Trotsky y Gramsci. También conoció en detalle los intentos reformistas en Hungría y Checoslovaquia. De su estudio entendió la necesidad de las reformas que más adelante puso en marcha desde el poder (alguna vez le preguntaron cuál era la diferencia entre sus propuestas y las de la Primavera de Praga y respondió: “18 años”). Sus viajes a varias naciones de Occidente le hicieron comprender el enorme y creciente atraso de su país. Allí apreció su mayor ingreso y consumo, pero, sobre todo, admiró la libertad y la mayor calidad de vida de sus habitantes. Sus convicciones de reformista se completaron con su conocimiento de primera mano del estancamiento soviético; su excesiva centralización y burocratización; la falta de incentivos; la corrupción y su incapacidad para crecer y darle un mayor nivel de vida a la población. 

A medida que ascendía y ganaba la confianza de sus rígidos y ancianos jefes, en silencio, sus dudas aumentaron hasta que, ya en la cúpula del poder, comprendió que el sistema estaba en bancarrota.  Fue el momento de la acción y del fracaso.

Gorbachev trató de implantar, en forma acelerada y en un país que nunca había conocido la democracia, la liberalización política, el Glasnost y la Perestroika, lo que desató una ola gigantesca de protestas y presiones contra al régimen comunista y, al mismo tiempo, impulsó la explosión de movimientos separatistas y reivindicaciones nacionalistas (antes duramente reprimidas por los soviéticos). Como sus reformas económicas fueron tímidas e ineficaces, la producción y el consumo cayeron a niveles críticos. Así, en medio de una enorme convulsión política y económica, se dieron las condiciones para la disolución de la Unión Soviética y el fin de su propia carrera política.

Taubman recoge en su libro el juicio de un reformista exitoso del socialismo, Den Xiao Ping, quien decía que Gorbachev había sido un idiota porque, en sus palabras, echó a perder el comunismo soviético al poner la carreta delante del caballo, es decir, impulsar primero la reforma política antes que la económica, contrario a lo que hicieron los chinos, con buenos resultados, en términos de crecimiento, reducción de la pobreza y supervivencia del partido comunista. 

Después de su caída, tras el gobierno de transición de Boris Yeltsin, la tradición totalitaria, que había pasado de los zares a los comunistas, continuó en manos de la dictadura corrupta de Vladimir Putin. El sueño de Gorbachev, la libertad y la democracia, por ahora, sigue siendo inalcanzable en Rusia.

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