"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 3 horas
Por: Fernando Araújo Vélez

Gotas contra el hastío

Deslizó su confesión porque creyó que ya no tenía nada que perder. A fin de cuentas, hacía muchos años que su marido se había esfumado, con sus iras, sus ataques de celos, su egoísmo y su crueldad.

“Una vez, creo que un domingo si mal no recuerdo, no lo pude soportar más y le eché un par de gotas tranquilizantes en el té”, dijo de pronto y entonces bajó la mirada y calló, como arrepentida de sus palabras. Aguardó un par de segundos y alguno más, y medio escondida por las sombras, imaginó miles de millones de manos y dedos que la acusaban y le gritaban pecadora, perdida, asesina, manipuladora, manos que la llevaban a rastras hacia la quinta paila del infierno y la  arrojaban de cabeza en una caldera de fuego, pero otra voz de mujer, ingenua y suave como la suya, rompió sus negros presagios con un contundente “yo también le he dado gotas a escondidas a mi esposo”.

Entonces todo fue tensión, porque el hombre aludido la miró de arriba abajo ante las risas contenidas de los demás invitados a aquella fiesta de finales de diciembre, y le preguntó en voz casi inaudible ¿cuándo? ¿por qué? No hubo respuestas. Una tercera mujer recordó que ella le había echado gotas tranquilizadoras pero a su perro, y sólo en un par de ocasiones. Luego relató la historia de una madame húngara en tiempos de la Primera Guerra Mundial que fue condenada a 28 años de prisión por haberle suministrado un perfume venenoso a una veintena de señoras que ya no se aguantaban las poses y gritos de machos de sus maridos. “Cuando los tipos llegaron de la Guerra, ellas los sedujeron con el perfume, y a punto de besos y vinos los fueron envenando”.

Años más tarde, tres de las asesinas fueron descubiertas y llevadas a juicio. Las dos primeras apenas admitieron que alguna noche habían sedado a sus hombres con gotas naturales. “Valeriana y agua de alcanfor, cosas así”. La última confesó todo su crimen, desde el día en que supo de la madame hasta la noche de la seducción, pasando por la muerte de su marido y el funeral. El fiscal le preguntó “¿por qué lo hizo, señora? Y ella, impertérrita, e incluso feliz, respondió: “Es que era un hombre muy aburrido”.

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