Gracias a “El Espectador”

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Era uno de mis grandes amigos. Falleció hace 40 años, en 1980. El Espectador registró su deceso con este titular: “Lleras Pizarro: una vida dedicada a combatir los abusos de poder”.

Fue magistrado, primero del Consejo de Estado y luego de la Corte Suprema de Justicia. Lo recuerdo como un amante libidinoso de las libertades públicas y una persona adorable en el trato personal. ¿De cuántos de los miembros del Consejo de Estado, la Corte Suprema y la Corte Constitucional de estos cuatro decenios se podría señalar en la respectiva nota necrológica que combatieron los abusos de poder? Hubo jueces puros como él: su sucesor en el Consejo de Estado, Enrique Low Murtra. Y magistrados independientes como él (uno, Carlos Gaviria Díaz). Sin duda, muchos magistrados condenaron a agentes estatales que cometieron atropellos. Pero nadie como Miguel Lleras Pizarro se apersonó del ejercicio de la autoridad de juez para reprobar las ilegalidades de la Rama Ejecutiva.

Tenía la índole, el conocimiento, la convicción, la independencia y la pluma castiza requeridas para esa tarea. Era un ser luminoso, un cartujo del derecho, desprendido de vanidades y ambiciones. Donó su cadáver a los estudiantes de Medicina de la Universidad Nacional. Pidió que a su muerte no hubiera exequias ni velorio “porque no quiero de visitantes a personas que estarán contentas con el fallecimiento”. Como él no había nadie en el foro colombiano. Su probidad y su entereza eran agresivas e intransigentes, escribió Daniel Samper Pizano. El gobierno de Turbay Ayala daba a luz arbitrarios decretos de estado de sitio que luego fenecían constitucionalmente en el despacho del doctor Lleras Pizarro, como aquel que permitía a los abogados consultar los expedientes de los consejos verbales de guerra contra civiles a razón de mil folios por día. Era agudo e irónico. Una vez dijo: “Cuando en una sociedad las desigualdades provenientes de la distribución del ingreso no son muy agudas, las clases mayoritarias pobres se resignan a dejar disfrutar sus privilegios a quienes los tienen, no crean hostigamiento y la fuerza militar se mantiene en los cuarteles haciendo ejercicio en los patios. Hay resignación y como nadie protesta pues a nadie hay que golpear, ni llevar a la cárcel ni hay que sentenciar con alguna impiedad”.

Conocí a Miguel Lleras Pizarro gracias a El Espectador, donde fue columnista ocasional. En 1975 criticó al comandante de la Cuarta Brigada en Medellín por negar la entrada de periodistas a un consejo de guerra. Alguien opinó distinto en la página editorial. Le escribí una carta por correo nacional diciéndole que él tenía la razón. La transcribió en su siguiente columna para rebatir a su contradictor. Luego me invitó a su casa a tomar un Buchanan’s. Él tenía 59 años y yo 22. En plena pandemia, cuando debía celebrarse la Feria del Libro en Bogotá, apareció un breve libro que escribí para recordar su vida en contravía. Sabía que tendría muy pocos lectores, pues sus contemporáneos están casi todos muertos. Ahora por la cuarentena serán muchos menos. Sic transit gloria mundi.

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