Por: Beatriz Miranda

Gracias, Colombia

La tragedia del avión de la empresa boliviana Lamia, en el que viajaba el equipo de fútbol Chapecoense, interrumpió los sueños de 71 personas. Una tragedia que vistió a Brasil de un profundo dolor. Las horas posteriores fueron colmadas de perplejidad, intento de aclarar las causas del siniestro, de entender las fatalidades que llegan de manera inexplicable.

La aparición de un niño de diez años que en la noche oscura les indicó el camino a los socorristas, la solidaridad inmediata de la población de Antioquia, de sus alrededores y de toda Colombia, iluminaron el alma de Brasil en un momento de profunda consternación.

Los colombianos abrazaron a los brasileños desde la distancia. No hubo equipos ni fronteras. La ceremonia desgarradora en el Atanasio Girardot conmovió al mundo y exaltó la solidaridad de todos los colombianos. Un periodista de Folha de São Paulo escribió la columna “Bogotá, con mucho gusto”, resaltando la calidad humana de un país entero.

En medio del dolor y las lágrimas, en el Atanasio volaron 71 palomas en homenaje a las víctimas de la tragedia. En medio del doloroso momento, las palomas nos hicieron pensar que, quizás, la paz está cada vez más cerca.

Los globos elevados por los niños, la lectura de los nombres de los jugadores del Chapecoense, las flores, las velas, las luces de los celulares... Todas, imágenes inolvidables de un mundo que, a pesar de la tragedia, puede ser mejor.

Chapecó se volvió mundo y el mundo se volvió Chapecó, y Colombia logró transformar un momento dramático en el epicentro de la solidaridad.

Colombia, tierra querida, si hoy preguntan por quién doblan las campanas, millones de personas contestarán que por el equipo Chapecoense y por ti, que nos has dado tanto. Una gratitud eterna, sin tiempo ni espacio.

 

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