Por: Aura Lucía Mera

¡Gracias, Juan Bernardo!

Al terminar el Hay Festival en Cartagena, ese festín de libros e inteligencia, logré meter en la misma maleta libros, la ropa de tierra caliente y algunas cosas para quedarme en esta fría capital unos días y asistir a la temporada taurina. De El Dorado a la Corporación Taurina a comprar las entradas. El cartel del 10, el Juli, Roca Rey y Luis Bolívar, otro banquete de instantes, porque para mí eso son los toros. La magia del instante, como el aleteo de una mariposa monarca en una mañana de sol.

Casi no lo logro. Lo de la maleta fue lo de menos. Un virus, bacteria, infección o como se llame logró infiltrarse entre la tráquea y donde empiezan los bronquios —ignoro totalmente el nombre científico de este ataque matrero—, me tumbó en la cama envolviéndome en ataques de tos vergonzosos y dolor en todo el esqueleto. La “quiebrahuesos” en todo su esplendor. Cinco días de cama, tos, nebulizaciones, antibióticos, aguas con jengibre, miel de abeja, cúrcuma, canela… Resignación total. Rendición.

Resumo. El domingo se iluminó el día y el malestar pasaba a segundo plano. Decidí asistir a la Santamaría. Ícono taurino de Colombia que por más que insistan los populistas de tercera, demagogos amargados y animalistas irracionales no nos dejaremos quitar. El derecho de las minorías es sagrado. Punto.

No voy a hablar de la corrida, que estuvo esplendorosa, llena de valor, arte, entrega y pasión. La plaza, casi totalmente llena. A lo mejor a los lagartos, acostumbrados a ir gratis, esta vez no les sonó la flauta y por eso había claros en sombra baja. En fin, no me meto en aguas turbias. Para eso está Hidroituango.

Quiero hacer público un reconocimiento, primero a Felipe Negret Mosquera, quien se la jugó toda y logró reabrir la plaza, ya destruida por Petro y convertida en botín de saqueadores. Hasta los inodoros desaparecieron. Felipe la entregó este año al ganadero Juan Bernardo Caicedo, quien como un quijote decidió aceptar ser el empresario, jugándosela a fondo. Entregándole a la Afición, así con mayúscula, una plaza preciosa, recién pintada, impecable, como una tacita de plata. Una joya. La que siempre fue y será.

Logró en poquísimo tiempo conformar tres tardes con una combinación excelente de lidiadores. Así como también, en sociedad con una empresa mexicana, organizar la temporada pasada de la feria taurina de Cali en su copa de Cañaveralejo.

Gracias, Juan Bernardo. Su tesón. Su trabajo sin pausas ni tregua, su equipo y sobre todo su amor por la tauromaquia lograron el milagro. Las temporadas de Cali y Bogotá lograron resucitar, algo que veíamos diluirse en esa apatía tan colombiana que cada vez nos trata de atrapar más en sus redes. Muchísimos aficionados jóvenes, llenos de pasión y reventándose las gargantas en olés rojos como clavel. La afición tiene un nuevo latir.

Posdata. Felipe Negret Mosquera se ha alejado como empresario. Pero como abogado ya está dando la pelea, la lucha por los derechos de las minorías, en este caso aficionados al rito milenario de la tauromaquia, confrontando legalmente a las autoridades de Medellín, que se dejaron meter, o propiciaron, el autogol de cancelar su temporada taurina. Tenemos que apoyarlo, eso no va a quedar así. ¿Y los paisas, tan berraquitos para tantas cosas, esta vez no van a reaccionar?

 

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