Por: Alvaro Forero Tascón

Gracias a la Constitución

SIN LA NUEVA CONSTITUCIÓN, COlombia no habría podido sortear bien los tres retos más graves que enfrentó en los últimos 20 años: la criminalización de la política, el aumento de la violencia de finales de siglo y el caudillismo.

Primero directamente, en el proceso 8.000, y luego a través del paramilitarismo, el narcotráfico infiltró la política nacional y local en proporciones considerables. De no haber sido controlado a tiempo, ese contubernio habría podido llevar al país a un punto de no retorno. Gracias a que la Constitución hizo a la Fiscalía independiente del Ejecutivo, y a que  desmontó la inmunidad parlamentaria y puso el juzgamiento de congresistas en manos de la propia Corte Suprema de Justicia, fue posible confrontar el fenómeno a pesar de la oposición de los gobiernos de turno. De no haber sido por esos mecanismos introducidos por la nueva Constitución, la sociedad habría quedado cruzada de brazos, como está aún hoy a la hora de juzgar a los presidentes por falta de herramientas constitucionales efectivas. Si las instituciones no hubieran sido capaces de hacer la difícil tarea, ¿se habría convertido Colombia en un Estado narco, y habría terminado interviniendo la comunidad internacional o un país extranjero como en Panamá?

Si el incremento del poder militar de la guerrilla, por efecto de la transformación del negocio del narcotráfico, de carteles urbanos a rurales por la llegada de los cultivos ilícitos durante la segunda mitad de los años noventa, hubiera tomado al país sin haber hecho las reformas que le permitieron desvirtuar la justificación de la lucha armada, el resultado del intento de negociación de paz con las Farc durante el gobierno Pastrana habría sido irreversible. La guerrilla habría puesto como condición la conformación de una constituyente, con lo cual el país habría o cedido la iniciativa reformista a los guerrilleros y terminado sin conseguir la paz, porque todas las reformas viables para el sistema político colombiano son insuficientes para la guerrilla, o rechazado la constituyente y legitimado los argumentos del alzamiento armado.

Si la Constitución del 91 no hubiera reducido el poder presidencial, prohibido la reelección y construido sobre ella un entramado institucional para garantizar el equilibrio de poderes, y creado una corte independiente dedicada a la defensa de la Constitución, Colombia habría sucumbido al modelo populista regional de democracias autócratas.

La Constitución del 91 fue esencial para evitar que el país se acercara a un Estado narco, a un Estado ilegítimo, a un Estado autoritario. En estos tiempos pocas naciones han tenido que enfrentar retos más graves. Colombia lo hizo ejemplarmente si se tienen cuenta sus taras y problemas enormes. La Constitución del 91 es el mejor ejemplo de cómo en este país conviven los mayores contrastes: una sociedad cuya realidad violenta e ilegal a veces parece sacada del ‘Far West’, tiene una Constitución muy civilizada. Por eso se le atribuye la culpa de los problemas eternos, en lugar de preguntar qué habría sido de este país en estos años atribulados sin su decente y sabia Constitución, que a fuerza de respetabilidad ya no se ve tan joven e idealista.

 

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