Por: Isabel Segovia

Gracias a las Fuerzas Armadas

El 20 de julio no pude dejar de comparar nuestra fiesta nacional con la de los Estados Unidos. Estuve en ese país el día de su fiesta nacional (el 4 de julio), y vi la importancia que tiene para los estadounidenses. El cotejo entre las celebraciones evidencia la poca estima y el bajo nivel de nacionalismo de los colombianos. Considero que los fanatismos no son buenos y me produce erisipela el patriotismo desmedido y xenófobo, pero, claramente, no sentir orgullo e incluso desconfiar de sus propias instituciones dice mucho de la cohesión entre una nación y sus ciudadanos. La estadounidense es una fiesta popular, las familias se unen, se felicitan y se rinde homenaje a las instituciones. El orgullo patrio se hace evidente. Muchos aspectos hacen esa fiesta muy diferente a la nuestra, pero uno en particular llama la atención: el respeto generalizado por las Fuerzas Armadas.

Es claro que para los estadounidenses la institución militar es una de las más prestigiosas y reconocidas del mundo. Tienen la certeza de que les pertenece a todos, su lealtad hacia el Estado de derecho nunca se duda y saben que trabaja para defender la nación y sus valores, y no para un gobierno o un determinado bando. Las Fuerzas Militares tienen claro que su comandante y jefe es el presidente, y por eso pueden pasar de Obama a Trump, sin revueltas internas. Ser miembro de ellas es un honor, una opción de vida digna y una decisión voluntaria. Más allá de pensar si su modus operandi es siempre acertado y si sus excesos se justifican, para los estadounidenses no existe la menor duda de que sin su ejército su país no sería lo que es.

Es muy importante para una nación democrática creer y admirar a sus instituciones, incluyendo la militar; a pesar de ello, el respeto hacia las Fuerzas Armadas en Colombia no es generalizado. Tal vez se deba a los años de conflicto interno, nada más duro que para defender la institucionalidad toque combatir contra compatriotas, o a la relación no siempre santa entre el poder militar y el ejecutivo, al no saberse en momentos quién trabaja para quién, o a la apropiación de éstas por parte de algunos políticos de turno, o por su propia politización. Sin embargo, olvidamos que son los soldados quienes exponen sus vidas día a día para protegernos, y aunque hayan existido momentos difíciles en la relación entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas, es gracias a ellas que hoy tenemos paz, que se ha dado fin a un capítulo muy violento de nuestra historia.

Por ello, hoy en día la labor más importante del Ejército debe ser la de recuperar la confianza de la sociedad y su rol de garante de la democracia, sin importar quién lo lidere. Para iniciar, en este Bicentenario de la Independencia, los colombianos debemos rendir homenaje a los soldados que están luchando por limpiar la imagen y abolir las malas prácticas al interior de su institución (y no a aquellos que han desatado una cacería de brujas para averiguar quiénes están denunciando abusos), y a los militares que acompañaron el proceso de paz y se la jugaron por una nueva Colombia. Ellos entendieron cuál es el objetivo superior de su labor y que el bienestar de la mayoría está por encima de la sed de guerra y de venganza que aún envenena el alma de algunos líderes que buscan instrumentalizar al Ejército en sus vendettas personales.

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2019-07-24T01:00:52-05:00

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