Por: Juan Gabriel Vásquez

Gracias, señora Munro

En el año de 1999 hice dos descubrimientos importantes: primero, que ninguno de los dos libros que había publicado hasta ese momento me merecía el más mínimo cariño; segundo, que la razón era al mismo tiempo simple y descorazonadora: yo los había escrito con una mirada prestada.

En otras palabras: mis dos primeros libros eran aprendizajes técnicos, pero no respondían a esos fantasmas, personales e intransferibles, que poco a poco le van dictando al principiante lo que realmente le preocupa o sorprende o inquieta sobre el mundo, y que por esas vías torcidas van enseñándole qué tipo de escritor es. Me pareció que sólo había una manera de luchar contra la sensación de fracaso: abrir bien los ojos, mirar el mundo que me rodeaba, escuchar con atención las historias que me contaba la gente y explotar, sin vergüenza, mis propias historias y preocupaciones y melancolías; y tratar, finalmente, de poner todo eso en la página de manera que se desperdiciara lo menos posible.

Yo había pasado mis últimos años en Francia y en Bélgica, y esos escenarios se convirtieron pronto en mi material. Pensé en escribir un libro de relatos sobre esos lugares que conocía de primera mano; sus personajes serían hombres y mujeres preocupados por el amor y el desamor, por la incomunicación y la soledad. El problema entonces era averiguar cómo carajos se hace eso: cómo se usa el género del cuento, que tantas dificultades presenta, para explorar esos asuntos. Durante el año siguiente me dediqué a leer todos los cuentos de amor que pudiera encontrar. Y en medio de esa selva de libros —de Joyce y Katherine Mansfield y Hemingway, pero también de John Cheever, Tobias Wolff y William Trevor— encontré una antología de cuentos de amor que publicó la editorial Vintage en 1997. Tengo varias deudas con ese volumen, pero hoy quiero recordar la que resultó de un cuento en particular: Fits, de una tal Alice Munro. En sus 20 páginas hay un asesinato, un suicidio y un matrimonio en pleno proceso de destrucción. Tras su lectura, me pareció evidente que de ahí en adelante perseguiría todo lo que escribiera aquella mujer desconocida; y los cuentos maravillosos de Munro acabaron entre los que usé como apoyo para escribir páginas enteras de ese librito que ahora considero, para todos los efectos prácticos, el primero de los míos: Los amantes de Todos los Santos.

En esta década larga, los cuentos de Alice Munro se han vuelto parte ineluctable de mi paisaje. Vuelvo a ellos por la misma razón que vuelvo a los de Chéjov, con quien se la compara con frecuencia: para maravillarme ante el prodigio de su aparente sencillez y su complejidad interna, pero sobre todo para vivir durante un momento en esos lugares de nuestra experiencia que, de no ser por Munro, permanecerían inexplorados, oscuros, vírgenes de toda inquisición humana. Los cuentos de Munro nos traen noticias sobre zonas de nuestra vida tan sutiles o tan efímeras o tan modestas que las perderíamos para siempre si ella no las hubiera cartografiado. Lean ustedes Escapada, o Demasiada felicidad, o Mi vida querida, y lo verán con claridad. Y luego, cuando sepan que han entendido algo que de otra manera seguiría siendo incomprensible, levanten las manos. Y agradezcan.

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