Por: Ignacio Zuleta

Gravity

La hermosura indescriptible de la “canica azul”, una de las primeras fotos a color de este planeta, la convirtió para mi generación en un icono.

Fue tomada por los tripulantes del Apolo 17 en 1972, en el último viaje tripulado hacia la Luna. Allí aparecía en todo su esplendor la nave cósmica.

Pues quizás desde entonces, y hasta el lanzamiento de la película Gravity de Alfonso Cuarón, no había visto imágenes tan conmovedoras de la Tierra. Allí está la poesía del contraste entre el vacío del espacio sideral y la atmósfera acogedora y perfecta del planeta Agua, como lo deberíamos rebautizar para acordarnos.

¿Es Gravity una obra maestra? ¿Es un desatino truculento del cine americano? La taquilla naturalmente pregona que es fantástica. Los críticos, con excepción de algunos reticentes intelectuales que se la toman demasiado en serio, la aclaman. Dicen que el lenguaje cinematográfico de Cuarón es novedoso y sus efectos especiales y en 3D, jamás vistos. Lo cierto es que el espectador no podrá olvidar las escenas en tercera dimensión que plasman el terror de un cuerpo finito a la deriva en un espacio infinito. La película produce reflexiones. El pánico de una altura inexistente se suma al de un espacio devorador y hostil en el que el único asidero posible ya se ha roto, como les sucede a los dos astronautas que protagonizan la película: un naufragio sideral como metáfora de lo que podría estar sucediendo con la especie.

La imagen se ve a veces sumergida en el silencio. Otras tantas se llena de sonidos íntimos y humanos, o se ve saturada de una banda sonora vehemente. Allí donde la atmósfera terrestre ya no es nuestra placenta, el director subraya la endosfera humana. Ante la inmensidad y a falta de una presencia trascendente como aquel monolito totémico de Kubrick en su Odisea del espacio, quedan las emociones y el instinto, a la deriva y frágiles como los astronautas. Las tomas de la Tierra, a la vez cercana y ahora inaccesible, son una maravilla. Y otra vez el contraste: dos cuerpos pataleando en el vacío, como puntos distantes, partículas de nada; pero son humanos y eso los hace de una importancia capital. Este juego del director que nos recuerda la paradoja de ser a la vez el todo y la partícula, fascina. Mientras tanto la Luna, la usual compañera de la noche y referencia arquetípica profunda, literalmente brilla por su ausencia.

¿Cómo será estar libre de la fuerza de atracción de la gran masa de la Tierra o romper ese cordón umbilical? ¿Cómo se descompone un cuerpo en el espacio sideral si no hay oxígeno? La película muestra que cuando no hay gravedad las lágrimas humanas son perlas transparentes y maleables que flotan a su antojo. Reflejan las facciones de quien las ha llorado. Se ven bellas.

Así la profundidad del multiverso le sirve de escenario al director para crear una epopeya humana, una mujer enfrentada a la supervivencia contra sus propios límites. Por ahora la astronauta ha aprendido la lección: el ser humano en el espacio extraterrestre jamás estará a gusto.

 

 

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