Por: Juan Gabriel Vásquez

Gregor von Rezzori

ESCRIBO ESTA COLUMNA DESDE LA casa de la Toscana donde murió, hace diez años cumplidos, el escritor Gregor von Rezzori.

Aquí se dispersaron sus restos, en los alrededores de una pirámide de piedra de dos metros de altura que tiene esta leyenda debajo de su nombre: Escritor. Czernowitz, 13 de mayo de 1914 – Doninni, 23 de abril de 1998. Czernowitz es ahora Ucrania, pero era entonces la Bucovina, y la Bucovina quedaba en Rumania, y Rumania no existía, sino que pertenecía al imperio austro-húngaro. Por eso es que los lectores de Rezzori nos enredamos tanto cuando lo recomendamos: no es fácil decir de dónde era. Era un ciudadano de un lugar desaparecido, un hombre de ninguna parte. Como Joseph Conrad, por ejemplo, o como Nabokov (dos escritores que, voluntariamente o no, fueron emigrados durante toda su vida).

Cuando Rezzori tenía tres meses estalló la primera guerra: su madre empacó las cosas y se refugió en Trieste. Un año después Italia entró en la guerra contra Austria, y a la familia (austriaca para estos efectos) le tocó volver a emigrar, esta vez hacia algún pueblo de su nacionalidad. Así lo cuenta Rezzori en su primer tomo de memorias, ese libro extraordinario que es Las nieves de antaño: “Para 1915 ya éramos lo que cientos de miles de europeos serían después: refugiados, exiliados, hojas revueltas en la hojarasca de la historia”. En los años siguientes Rezzori estudiaría en Viena, se mudaría a Bucarest para incorporarse al ejército rumano y pasaría la Segunda Guerra en Berlín. Y allí, en Berlín, comenzaría a escribir.

Antes hablé de Nabokov. Los libros de Rezzori son inclasificables, pero, si hubiera que buscarles una buena compañía, una familia en que se sintieran a gusto, habría que pensar primero en el hombre que escribió Lolita y Habla, memoria. Como Nabokov, Von Rezzori escribe libros impredecibles con narradores impredecibles, o a veces libros de memorias que no son del todo confiables, y por eso son interesantes. Su novela Memorias de un antisemita es uno de esos libros; acaso sea el mejor, y en todo caso es el más conocido de los lectores de lengua española, que lo han leído en la traducción maravillosa de mi compañero de páginas Juan Villoro.

Después de un subtítulo curioso, “Una novela en cinco relatos”, las curiosidades (o mejor: los misterios) del libro se multiplican. Uno de los relatos fue escrito originalmente en inglés; y es un inglés de una riqueza y una potencia que no tienen nada que envidiar a Nabokov o a Conrad, esos otros tránsfugas de la lengua. El narrador de cuatro de las cinco historias es un hombre nacido en 1914, en la Bucovina, y ha vivido en Viena, Bucarest y Berlín. Y ese hombre que tanto se parece a Rezzori hace un inventario cruel y franco de sus propios sentimientos hacia los judíos en medio del antisemitismo que embargó a Europa antes de la guerra, y que en buena parte la alimentó. ¿Pero se trata realmente de Rezzori? Justo cuando comenzamos a caer en la trampa de creer que lo que leemos es autobiografía, llega el último capítulo y lo cambia todo. No diré cómo, pero sí diré que el efecto es fascinante.

Rezzori escribió Memorias de un antisemita aquí, en esta casa donde termino ahora esta columna. Aquí vino a parar en 1967, después de varios años de vivir clasificado como “persona sin Estado”, y aquí escribió también esos otros libros grandísimos que son Las nieves de antaño y Anecdotage. Desde aquí, desde un salón donde Rezzori solía leer, les digo a los lectores que busquen esos libros y los lean. No hay nada que se les parezca.

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