Por: Andrés Hoyos

Grietas

EL COMANDANTE CHÁVEZ DEJÓ ESperando a sus fanáticos frente al Palacio de Miraflores en la madrugada de este lunes quizá porque quería empezar ya con su "descanso reparador".

Ahora, dos días después de las muy esperadas elecciones del 26-S, se notan algunas grietas en el edificio de la revolución Bolivariana, grietas que podrían repararse o ser el preludio de un derrumbe en los próximos años. Del futuro, como de costumbre, poco se sabe.

Tienen razón quienes ven detrás de la rimbombancia chavista un proyecto más o menos coherente. Éste consiste en que un partido único, el PSUV, va acrecentando su control sobre el país, usando la gratificación disciplinada de amplios sectores de la población, así como la exclusión radical de sus rivales. Se trata de un proyecto totalitario en el sentido original de la palabra, pues aspira a implantarse de forma hegemónica desde los jardines infantiles, pasando por la escuela, hasta apoderarse de los sectores estratégicos de la producción económica y de los medios de comunicación. Por el camino, el régimen ha ido sembrando depósitos de armas en todo el país con la idea de hacer casi imposible cualquier forma de alternación política. Proyectos similares a este se llevaron a cabo, con efectos catastróficos, en muchos países del mundo a lo largo del siglo XX.

El chavismo, sin embargo, ofrece novedades importantes. La primera es que el motor del proceso no es la violencia revolucionaria ni la represión inmisericorde —no las descartan, pero no son preponderantes— sino el más capitalista de todos: el dinero, obtenido en este caso de las abultadas rentas petroleras del país. La segunda novedad es que el chavismo aspira a ganar una elección tras otra, mientras que el socialismo radical de antaño despreciaba la “democracia burguesa”, dada su reiterada tendencia a perder las elecciones. De nuevo, los chavistas no se paran en pelillos a la hora de manipular los distritos electorales en su favor o de utilizar todo tipo de golpes bajos, lo que no obsta para que estén obligados a obtener caudales electorales muy amplios si quieren que el modelo subsista. El régimen también se autobligó a perpetuar el tono agresivo, intimidante y cansón, pues parte esencial de la fórmula es la división maniquea del país entre buenos y malos. Esta agresividad, este vicio de la polarización constante, es un signo de debilidad, no de fortaleza.

Sin embargo, la  mezcla de soborno al elector, megalomanía omnívora y agresión continuada contra los opositores se ha ido desgastando, entre otras razones porque éstos aprendieron a vivir bajo presión. Chávez los insulta a diario, pero queda dicho que no puede aniquilarlos a la manera de Castro. Y lo que se vio este domingo es que más del 50% de la población venezolana rechaza el modelo, una proporción muy peligrosa, muy en el filo, para quien presume que su seguidilla de triunfos “democráticos” no tendrá fin. Por lo mismo, el antichavismo tiene ahora una bancada muy considerable en la Asamblea Nacional, lo que les permitirá hacer una oposición efectiva y ruidosa que Chávez no podrá suprimir, so pena de tener que cargarse de pasada a los representantes de su precaria y sumisa mayoría.

La pregunta del millón es qué sucederá cuando el modelo deje de funcionar, es decir, cuando Chávez pierda una elección crucial. No sé la respuesta. Sobra decir que meterle violencia al asunto sería el acabóse.

 

[email protected] @andrewholes en Twitter

 

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