Por: Arlene B. Tickner

Guantes de seda

En su conjunto, las críticas que se han formulado desde los medios y algunos sectores políticos, incluyendo los expresidentes Uribe y Pastrana, al manejo “melifluo” de la relación con Venezuela por parte del gobierno de Santos, han girado en torno a la necesidad de abandonar la condición de “rehén” de Caracas por su acompañamiento en La Habana; tomar distancia del “triángulo” Farc-Venezuela-Cuba, que, además de crear nerviosismo entre las Fuerzas Armadas de Colombia, ha sido mal visto en Washington, y condenar públicamente al régimen chavista por autoritario y represor. El tiempo se ha encargado de desmentir las dos primeras fuentes de preocupación: hoy el proceso de paz tiene un grado de maduración que hace difícil creer que Nicolás Maduro tenga influencia real sobre los negociadores de las Farc, si es que alguna vez la tuvo, mientras que la reanudación reciente de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba hace anacrónica la supuesta amenaza del castro-chavismo.

Sin embargo, el aumento de la inestabilidad social, política y económica en el interior del vecino país, y de la disposición oficial de reprimir la protesta con violencia —como consta en una resolución del Ministerio de Defensa que autoriza a todas las fuerzas a controlar las manifestaciones públicas y a utilizar armas mortales— plantea la necesidad de “hacer algo”. Si a lo anterior se le suman los crecientes rumores de que dentro del chavismo puede estarse planeando un golpe de Estado como respuesta “menos mala” a la crisis actual, la coyuntura en cuanto a política exterior colombiana se refiere se torna aún más difícil. Pese a ello, y en contravía de quienes aconsejan un endurecimiento de tono, el grado de interdependencia que caracteriza la relación entre Colombia y Venezuela hace de éste una movida errada.

Como es bien sabido, la frontera colombo-venezolana es la más extensa, poblada y “viva” —en cuanto a la variedad y densidad de actividades legales e ilegales que allí se presentan— que tiene nuestro país. Por su naturaleza, la interdependencia exige altos niveles de cooperación, por la sencilla razón de que lo que ocurre a cada lado de la división fronteriza tiene efectos mutuos, tanto positivos como negativos. En casos en los que la cooperación es obstruida por diferencias políticas o situaciones de crisis en el interior de alguno de los países, como ocurre actualmente con el vecino, la salvaguarda de los intereses propios exige dosis adicionales de pragmatismo. Para dar un solo ejemplo, aunque se afirma comúnmente que las exportaciones a Venezuela son irrelevantes hoy, en comparación con lo que eran en el pasado —entre 2008 y 2014 se redujeron de US$6.000 millones a US$2.000 millones, siendo las perspectivas de este año aún peores dada la situación económica venezolana—, el tipo de productos que se comercian con el vecino, en su mayoría manufacturas con alto valor agregado, siguen teniendo vital importancia para la industria nacional.

A diferencia de lo que opinan algunas/os analistas, Colombia no se puede simplemente “destetar” o blindar lo que está ocurriendo en Venezuela. Todo lo contrario, la interdependencia significa que la explosividad y eventual desplome de ese país puede tener consecuencias nefastas. Con una oposición disfuncional y dividida, y la posibilidad real de que alguien peor que Maduro lo reemplace mediante un autogolpe chavista, la única salida que tiene el gobierno Santos es seguir actuando con guantes de seda.

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