Por: Nicolás Rodríguez

Guaricha

La holandesa que puso a James y a Falcao a inhalar en un montaje sin ninguna gracia tuvo que pedir disculpas y hasta retirarse de sus labores como embajadora de buena voluntad de Unicef. Hasta ahí, creería uno, lo de siempre. Las indignaciones que por Twitter llegan, por Twitter se van. Twitter, escribió un reportero desde Estados Unidos, es la vuvuzela de la copa mundial.

Pero hubo más. De la preocupación por el buen nombre de la patria y su inmaculada camiseta amarilla se pasó con alegría y sin maizena a la sobreactuación. A Julito en la W se le oyó desencajado, desbordado, pidiendo cabezas. ¡Que saquen a Unicef de Colombia! Otros, en la misma frecuencia cardíaca, entraron a discutir si la broma era mala leche, estereotipo u ofensa. Se decidió casi que por unanimidad que estábamos ante una terrible e inadmisible falta de respeto. “It’s Colombia, not Columbia”.

Entre tanto, y muy a tono con el hondear de la bandera y el varonil cantar del himno a ojo cerrado, a la mujer en cuestión ya le habían llovido una serie de insultos que harían retractar al más temerario. Que tiene cara y cuerpo de golfa, de meretriz. Que se merece que tal equipo le haga esto y el otro lo otro. Que es cualquier “guaricha”, palabra chibcha que en buen racismo colombiano terminó por ser empleada para referirse despectivamente a quien se prostituye. Pero que alguna vez quiso decir indígena solitaria y princesa joven.

En fin, la holandesa aceptó su error, se desvinculó de las actividades con niños e igual fue tratada con todo el machismo patriotero posible. Ahora lo difícil es pasar el guayabo de la fiesta tricolor. Y aceptar que la energía del linchamiento no alcanzó para cuestionar, ahí sí ante la ONU, la guerra contra las drogas que le fue impuesta a Colombia y que poco cambiará por mucho que nos aferremos al moralista discurso del consumo.

 

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