Por: Humberto de la Calle

“Guayacanal”, la microgenética de la violencia

Allí nací y por allí crecí. Manzanares, Herveo, Petaqueros. Leyendo Guayacanal, me confieso culpable de haber dejado pasar a mi lado el embrujo de esas tierras. Sin percatarme lo suficiente. Ahora es William Ospina el que con el hechizo de sus palabras me permite recrear la fascinación extraviada después en el asfalto de la ciudad, la literatura forense y la ordalía de violencia que todo lo impregna.

Pero además de la pericia literaria y el esplendor de la prosa, lo que quiero transmitir es una lección que imparte Ospina y que he deseado llamar la microgenética de la violencia.

“La violencia fue llegando de un modo imperceptible, y todas esas gentes que terminaron odiándose o temiéndose al comienzo eran vecinos y amigos, no sabían que pertenecer a partidos distintos fuera algo tan grave, tan imperdonable. Muchos solamente lo padecieron, pero algunos llegaron a creérselo, se dejaban arrastrar por la retórica facciosa de los directorios políticos y de los curas en los púlpitos, que convirtieron a los pueblos en calderos de intolerancia y de miedo, y a los vecinos de siempre en enemigos”.

Así fue. Así es. En Bogotá se pedía no saludar a los que tuvieran corbata roja y en Montenegro, en Anserma, en Buga, los mataban. Y también morían azules en Norte de Santander, para ser honestos. Y ahora tenemos familias rotas, amistades destruidas girando, quién lo creyera, alrededor de la noble idea de la paz. Convirtiendo la paz en comodín de intereses y de ansias electorales.

Pero no hay que equivocar el análisis: millones desean castigo de manera genuina. Otros obedecen a una pasión inoculada. Pero no faltan quienes se nutren de la confrontación. Así como al terminar La Violencia muy pocos pudieron reclamar sus tierras despojadas —la palabra víctima no se pronunció en Sitges y Benidorm—, así también ahora, so pretexto de defenderse, batallones punitivos produjeron una expoliación de tamaño bíblico. Además, en danza macabra, ahora mueren muchos de los que reclaman. Y los cerebros simplemente se oponen a doblar la página y se resisten a la recuperación de las tierras arrebatadas. Algunos por angurria. Otros porque sus tierras juegan un papel criminal.

¿La verdad para qué?, me dijo un exministro. Es más eficaz el olvido. No lo creo. Las víctimas pregonan una súplica que se declina en clave de lamento. Un ansia de verdad sin la cual no es posible pasar la página. Paz sin verdad ya no es posible. Ni justo. La familia de William perdió Guayacanal. La mía, Montecristo, tal era el nombre de la finca. Ellos como nosotros recalamos en Pereira, tierra grata a los desplazados. Y creímos cancelar la pesadilla, pero solo para pasar a otra de más de ocho millones de víctimas y siete millones de desalojados.

Eso es la que queremos superar. Con verdad, con reparación y con una justicia que convoque a todos. Por esa marchamos el viernes. Por la reconciliación.

Por esa seguiremos trabajando hasta el final de nuestros días. No abrigo resentimiento. La pérdida de la chagra de mi padre ya es apenas una historia literaria. Ni cuando los liberales odiaban a Álvaro Gómez llegué a abominarlo. Tampoco lo intenté. Discrepamos, sí, pero con respeto. Sin ningún odio será posible abrazarnos como comunidad nacional. Es el que odia el que perece preso de su odio, como lo señaló Borges.

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2019-07-28T00:00:33-05:00

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2019-07-28T00:15:01-05:00

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“Guayacanal”, la microgenética de la violencia

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