Por: Arturo Guerrero

“Guayacanal”: Ospina en sus montañas

La más reciente novela de William Ospina participa en mucho de la algarabía de Cien años de soledad. En Guayacanal está el país montañero, entre Antioquia, Caldas y Tolima, donde por lo menos ochocientos cuarenta y tantos antepasados, con sus nombres de pila escrupulosos, levantaron familias entre canciones y violencias.

No intente usted descifrar quién es bisabuelo de quién, cuántos nietos trajeron al mundo cuántos descendientes, que a su turno fueron guitarristas, amantes de la magia, bandoleros o ancianas que se casaron y aprendieron a sentir por sus maridos obligados “todo lo que era su obligación sentir”.

Embriáguese, eso sí, con las canciones, esas marcas de hierro que enseñan más que las escuelas. Es verdad, en ninguna de las 250 páginas se menciona dónde aprendieron a leer y a escribir esos arrieros que cabalgaron desde Sonsón y Abejorral hasta hurgar en las nieblas de Fresno unas paredes que pudieran dar algo de comer.

El escritor aprovecha la biografía de su multitudinaria familia para remontarse a los tiempos de los indios que plantaron huacas con collares y pectorales de oro. Tiene presente cómo los colonizadores antioqueños compraron las tierras de los indios con el oro desenterrado de los mismos indios.

Es leyenda la memoria puntillosa de Ospina a quien le basta leer una rapsodia de Homero, un canto de Dante o un poema de Borges para repetirlo de adelante hacia atrás y viceversa ante audiencias estupefactas. Pues para construir Guayacanal, esa retentiva privilegiada agregó el concurso de fotografías desde el siglo XIX cuando la gente no sonreía posando sino seguía haciendo lo que hacía. Esto para que en 2019 “Güillan” —como le decía Ana, ya tuberculosa— narrara la saga de los Ospina, los Buitrago, los Muñoz.

La mirada del narrador en primera persona —a partir de sus recuerdos adivinados desde 1880— es inseparable del ADN del autor: “Los poetas —afirma— se detienen en cosas que a muchos historiadores parecen no importarles”. “En aquellos tiempos —aclara— los niños no se alimentaban de cuentos infantiles sino de relatos de misterio y de sangre”.

De aquellos nutrientes proviene una nitidez política temprana. Así reflexiona sobre la llegada de los “pájaros” a su pueblo natal, Padua, en 1958: “A veces las causas eran posteriores a las consecuencias: tenías que odiar a gentes que no te habían hecho nada, pero ese odio tarde o temprano hacía que te hicieran algo; los crímenes por los que odiaban todavía no habían ocurrido, pero ya eran denunciados por voces autorizadas y poderosas”.

Hay un imán en el trenzado de decenas de épocas, breñales, balazos, tangos, poemas a la luna, alusiones a las fotos. Ospina desliza su relato soltando al descuido pistas, nombres, curiosidades, que más adelante tomarán cuerpo en historias que a su vez vienen preñadas de desenlaces inimaginables.

Y es inevitable sentirse lector implicado. Este tomo de Penguin Random House es como los espejos de las casas de tablas, que en las tormentas debían taparse con paños oscuros porque atraían rayos.

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