Por: Reinaldo Spitaletta

Guerra, chicha y maíz

DECÍA EL ESCRITOR CLAUDIO Magris que todo régimen tiene su retórica. Y así habla de democracia, justicia, patria, paz y libertad, con un resultado siempre falso, porque, según el mismo autor, “estas nobles cosas, de por sí, no existen”.

Aunque hay que reconocer que tales conceptos, envueltos en la utopía, nos hacen caminar hacia su conquista. O nos convierten en quijotes con ánimos de proteger al desamparado.

Ayudada por los medios de información, la propaganda oficial nos hace creer que habitamos una arcadia en la cual estamos pasando de cien años de soledad a “cien años de felicidad, porque la violencia se está acabando” (esta palabrería la pronunció Uribe en el Congreso de la Lengua, en 2007); o que es un país santo porque el presidente reza padrenuestros y avemarías, mientras sus ministros le responden las jaculatorias; o que es muy seguro porque el Presidente es capaz de decir que si es preciso gastarse el presupuesto nacional en recompensas, así se hará.

O será acaso que esta democracia es más “democrática” porque, por ejemplo, se pudo reformar un “articulito” de la Constitución gracias a un cohecho. Es posible. La retórica oficial puede con todo. Puede decir, por ejemplo, que los desplazados son incapaces de desarrollar proyectos productivos. Puede decir, como lo dijo hace un poco más de un año el ministro de Protección (?) Social, sin ruborizarse, que no eran tantos los niños que murieron de hambre en el Chocó. ¿Se acuerdan?

Puede, incluso, hacerse la sorda cuando, digamos, organismos internacionales denuncian las tropelías de empresas transnacionales en Colombia, como por ejemplo, la entrega de fusiles a grupos paramilitares y el asesinato de sindicalistas. El concepto de libertad se envilece cuando la retórica oficial declara que el opositor es un “comunista disfrazado”, o un colaborador del terrorismo, o un “guerrillero de civil”.

El poder le apuesta a la guerra. La paz se alcanza con disparos y no con inversiones sociales, no con educación y cultura, no con facilitar que la gente pueda llenar su estómago. Qué importa si hay inanición, si los niños mueren de hambre, si no hay empleo. Lo clave es invertir en nuestros guerreros, en nuestros héroes nacionales, en nuestros patriotas. ¡Todo el presupuesto a la guerra!, parece ser la consigna.

Sin embargo, cuando los “cacaos” y otros magnates comienzan a patalear porque no obtienen más ganancias, porque el agro y la industria retroceden, porque la revaluación vapulea el aparato productivo, porque suben la inflación y las tasas de interés, entonces la retórica oficial esgrime las victorias militares pero no puede tapar la crisis económica, que en realidad afecta es a los desvalidos y humillados de este sistema de iniquidades.

¿Cómo puede la retórica oficial desconocer el aumento de pobres en Colombia? ¿Y el desempleo, uno de los más altos en América Latina? Cada vez, aunque en los noticiarios poco se diga al respecto, se van conociendo más las miserias del pueblo colombiano. Los cafeteros amenazan ruina. Veinticinco mil familias de caficultores están al borde de perder sus parcelas porque no tienen cómo pagar los créditos. Y el asunto de la escasez de alimentos lleva ya a los estudiantes a gritar consignas como esta: “Queremos chicha, queremos maíz, transnacionales fuera del país”.

No sé quién dijo que la retórica del poder también tiene un propósito: interiorizar en el oprimido las ideas del dominador. Y así éste podrá discursear sobre democracia y paz y libertad y justicia, al tiempo que el dominado cada vez estará más lejos de la prosperidad, de la participación y la equidad. Pero, en virtud de la propaganda, creerá que habita un país de arequipe. Las “nobles cosas” tardan todavía.

 

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