Por: Santiago Montenegro

Guerra de insultos

¿Qué tal el enfrentamiento verbal —y de poderes— entre el fiscal y la contralora? ¿Y el que mantienen el expresidente Uribe y el presidente Santos?

Cuando los enfrentamientos y los agravios verbales se dan entre figuras del más elevado nivel institucional, hacen palidecer los de otros personajes no tan importantes, pero no menos significativos, como el de un exministro que acompañó a Uribe en su gabinete y lo acaba de comparar con Pablo Escobar. Y, claro, si esas son las cosas que se dicen los miembros de lo que llaman la élite, se entiende que se abran los diques que contienen las pasiones de los seguidores de unos y otros bandos. Basta leer los comentarios de los lectores de las columnas y los artículos de los periódicos. Qué asco y repugnancia da leer la barrunta y el fárrago de obscenidades, insultos y descalificaciones que allí escriben. Es verdad que la licencia para agredir e insultar se facilita porque las identidades de quienes allí opinan están camufladas por la capucha del seudónimo. Pero ello no mitiga sino que, quizá, agrava el diagnóstico que tenemos que hacer sobre el estado de ánimo del país. Lo que quizá no alcanzan a comprender quienes están inmersos en ese proceso de descalificación es la llamada paradoja de Wittgenstein. Porque los que adoptan esa actitud para juzgar a otros, pretenden, quizá sin proponérselo, convertirse ellos mismos en el metro o norma de medición. Pero, como argumentó el filósofo británico, por la forma como se lo hace, muchas veces no es el metro el que mide a la mesa, sino es la misma mesa la que acaba midiendo al metro o a la norma. En otras palabras, quienes insultando y agrediendo creen calificar a los otros, lo que acaban haciendo es develando sus propias deficiencias y precariedades. Porque el que insulta, agravia, ultraja o vilipendia, lo que revela es no sólo que se ha quedado sin argumentos, sino que lo único que le queda es una interioridad poblada de amarguras, penas, frustraciones y precariedades.

Habiendo dicho esto, no quiero caer en lo que los estadísticos llaman el sesgo de selección. Es decir, no quiero juzgar a todos los colombianos y colombianas y a todos los políticos por los que así se manifiestan públicamente. No podemos hacer primar lo visible y lo evidente. Tengo la esperanza de que, aunque no lo manifiesten, la mayoría de nuestros compatriotas sienten repulsa por esta forma de comportamiento. Y también es menester aclarar que no todos los líderes políticos se están comportando de esa manera. Los precandidatos presidenciales Enrique Peñalosa, Antonio Navarro y Clara López y muchos otros aspirantes a cargos públicos, y de todos los partidos, no han utilizado ese lenguaje de violencia y agravio. Y es menester reconocer también que, en el discurso de aceptación de su candidatura del Centro Democrático, Óscar Iván Zuluaga prometió que no utilizaría ese tipo de discurso aunque, infortunadamente, no todos los miembros de ese grupo político están obrando con mesura. Seguramente los que utilizan un discurso de difamación no son la mayoría, pero en forma peligrosa están contaminando lo que debería ser una respetuosa convivencia, en un país que sigue siendo muy violento. Quienes contamos con un espacio de opinión, tenemos la obligación de exigir a los altos funcionarios del Estado y a los líderes políticos prudencia y moderación.

 

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