Por: Arlene B. Tickner

Guerra de testosterona

Independientemente de si la insistencia de Rusia, como se ha afirmado, es lo único que está manteniendo a Maduro en el poder, es indiscutible que el estancamiento en el que se encuentran la oposición y el régimen es producto, al menos parcial, del pulso político entre ese país y Estados Unidos en torno a Venezuela. Sin embargo, a diferencia de quienes describen esto como una guerra fría nueva o tropical, se trata de una confrontación más emocional que geoestratégica.

Trump y Putin son dos líderes mundiales cuya imagen y prestigio se han basado en el ejercicio de la hipermasculinidad, consistente en la exhibición de grados exagerados de autoconfianza, competitividad, vigor mental y físico, y audacia que “confirman” su idoneidad para la política. Mientras que el primero hace gala permanente de sus rasgos varoniles (incluyendo su proeza sexual) y ha llegado a glorificar la violencia como algo natural en los “hombres de verdad”, el segundo ha cultivado un perfil de tenacidad y poder propio del macho alfa que se confirma en innumerables fotos montando a caballo, cazando y pescando, y practicando artes marciales, generalmente sin camisa.

La hipermasculinidad de Putin sintoniza bien con la ansiedad histórica de Rusia de ser percibida como débil, en especial después del ocaso de la Unión Soviética en la posguerra fría. Frente a la narrativa común de que Occidente y, en especial, Estados Unidos han tratado de humillar y minimizar a Rusia mediante la injerencia en su política interna, la expansión de la OTAN hacia Europa del este, la aplicación de sanciones en respuesta a la invasión rusa a la península de Crimea y su apoyo a los separatistas en Ucrania, entre muchos otros agravios, la promesa de Putin de restaurar la dignidad y grandeza nacionales ha sido muy efectiva.

Trump no se queda atrás. En medio de la aparente inconsistencia de sus acciones dentro y fuera de Estados Unidos, la lógica subyacente de todo lo que hace se llama “ego” y pone al mandatario, sus bases resentidas y el Partido Republicano, en ese orden, por encima del interés colectivo. Desde la decisión de volver a endurecer la política hacia Cuba hasta la eliminación de ayuda a Centroamérica, las intimidaciones a Colombia y los ruidos de acción militar en Venezuela, el público electoral al que habla Trump —xenofóbico, racista y de extrema derecha— recibe bien su discurso hombruno de mano dura frente a una América Latina cuya “troika de la tiranía”, drogas y migrantes de color vulneran el bienestar estadounidense.

Si bien los líderes estadounidenses y rusos tienen un largo historial de competencia masculina, la política exterior de Trump y Putin se reduce prácticamente a una prueba de masculinidad. A diferencia de las riñas geoestrátegicas, que obedecen a objetivos tangibles susceptibles de ser negociados, las cuestiones de honor arraigadas en la hipermasculinidad son altamente emocionales y no admiten transacción, rendición ni derrota, ya que la apariencia de debilidad es demasiada costosa. De allí que las conversaciones sostenidas entre los cancilleres de Estados Unidos y Rusia en búsqueda de alguna salida a la crisis de Venezuela probablemente no lleguen a nada y sigamos en la peligrosa sinsalida en la que nos ha sumido esta guerra de testosterona.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arlene B. Tickner

Odio, arte y catarsis

Más que una guerra comercial

Frutos sin paz

Silencio cómplice

Manufacturando la insurrección