Iván Duque: así fue su histórico triunfo en las elecciones presidenciales

hace 1 hora
Por: Alvaro Forero Tascón

Guerra fría en la Unidad Nacional

YA NO QUEDA DUDA DE QUE LA UNIdad Nacional está viva gracias al pragmatismo del presidente Santos para resolver las grandes contradicciones ideológicas y competencias personales en su interior, pues bajo el panorama de consenso nacional las dos tendencias que la conforman adelantan una guerra de baja intensidad: Álvaro Uribe y el uribismo contra Germán Vargas y el liberalismo.

¿Qué explica entonces la existencia de la Unidad Nacional en medio de estas contradicciones? Paradójicamente, uno de los presidentes más poderosos de la historia reciente, que gobierna prácticamente sin oposición porque consiguió el apoyo de los principales factores de poder, más que Uribe inclusive porque cuenta también con el beneplácito de los sectores políticos e intelectuales de centro y centroizquierda, tiene que cabalgar sobre las dos tendencias que conforman su coalición. Eso se debe a que el proyecto político de Santos está aún en construcción, puesto que ganó con los votos de Uribe y ha gobernado con algunas ideas prestadas del liberalismo. También porque comparte la ascendencia sobre los ciudadanos y sobre las huestes políticas con Uribe y Vargas, que son igual o más populares que él y tienen gran habilidad para el manejo parlamentario. Pero sobre todo, porque la autonomía política de Santos depende del equilibrio político que exista entre las dos facciones, pues en la medida en que ninguna predomine el poder se centra en Santos, así no pueda prescindir de ellas para mantener la gobernabilidad y la popularidad.

Pero qué hizo que el uribismo haya terminado reducido a una facción, quizá la más frágil del gobierno que prácticamente eligió. Primero, el proyecto político de Uribe era personalista. Segundo, en un sistema clientelista el poder político depende de la burocracia y ésta del presidente de turno. Tercero, a diferencia de Kirchner, o Putin o Chávez, las instituciones y una porción del establecimiento lograron atajar los intentos de Uribe para extender su poder a través de la manipulación del régimen democrático. Cuarto, los activos de Uribe, la popularidad y la seguridad, dejaron de ser exclusivos y están en declive, por lo que el uribismo terminó siendo más un paréntesis histórico que un quiebre definitivo. Y quinto, como expresión del poder regional que es, el uribismo reprodujo los mismos excesos en materia de corrupción y debilitamiento del Estado.

Queda la pregunta de si la Unidad Nacional podrá resolver las diferencias ideológicas entre uribismo y liberalismo, para prevenir que la guerra política pase de fría a caliente. Eso dependerá del éxito que tenga Santos. Si la visión modernizante que está prevaleciendo en el Gobierno se consolida, continuará la valorización del liberalismo. Si por el contrario, las iniciativas del Gobierno se empantanan y se agudizan los problemas que facilitaron el surgimiento del uribismo, como la inseguridad, Uribe podría recobrar influencia. Pero muy seguramente la dinámica política de los próximos años estará signada por esa tensión, que es la vieja entre liberalismo y conservatismo, sólo que ahora este último está personalizado. Y en términos electorales, signada por el intento de Uribe de atajar el avance de Germán Vargas Lleras hacia la Presidencia de la República.

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