¡Guerra a la bolsa plástica!

NO FALTA EN NUESTRAS CASAS, abunda en las tiendas, almacenes grandes y pequeños, supermercados y hasta en las fruterías de esquina, las poncheras de las palenqueras que ofrecen bollos y cocadas.

Lo encontramos súper útil, lo guardamos para reusarlo y nos parece garantía de limpieza. No falta en los paseos, entierros, meriendas ni festejo alguno. Se diría que es la redención de la vida del ser humano si no fuera porque hay certeza de que nos aniquilará algún día si no hacemos un alto en su consumo y pésima disposición final. Sí, ese material transparente, flexible, aguantador, inodoro y resistente al agua que hemos vinculado a la asepsia y la calidad de vida, en cualquiera de sus formas, llámase bakelita, celuloide, icopor o simplemente, plástico, es la peor amenaza ambiental que tiene el planeta. Peor que los huracanes, peor que un tsunami, peor que los incendios forestales, porque lo consumimos como locos y lo desechamos en la misma forma.

Todo producto que proviene de un proceso de polimerización es nocivo a la salud del planeta y, por tanto, una amenaza a nuestra seguridad como humanos. Su producción requiere ingentes cantidades de petróleo y sus derivados, lo que eleva el consumo de energía y por tanto el calentamiento global. Calentamiento que no es broma y que todavía los ocho grandes postergaron su solución para dentro de 50 años. Sólo un dato: China, que prohibió el uso de bolsas plásticas, ahorra 37 millones de barriles de crudo por año… ¿Calculan las proporciones del problema?

Este invento se conoció en 1860 por Wesley Hyatt y fue perfeccionado en 1909 por L.H. Barkeland al sintetizar un polímero resistente al agua y los disolventes, la baquelita, que durante los años 30 se transformó en lo que hoy conocemos y preferimos con seguridad y tranquilidad, el plástico, que gracias a su ductilidad e inofensiva apariencia lo usamos desde bebés en los sonajeros y juguetes, luego en los recipientes y utensilios domésticos, comerciales e industriales. Y llegamos a la bolsita de plástico, la insuperable, porque claro, eso de poder botarla sin dolor al bolsillo no es cosa de dejar tan fácil. Y esas bolsas, juguetes y recipientes van a la basura y los desagües, llegan a ríos, cuerpos de agua y mares donde conservan la forma pero sufren el proceso de fotodegradación, que es la descomposición en petropolímeros de alta toxicidad, que envenenan a los peces y mariscos y entran así, tranquilamente, en nuestra cadena alimenticia.

Las bolsas plásticas son arrastradas por el viento a campo traviesa y alcanzan montañas, llanuras y sitios insospechados a donde el hombre no ha llegado aún y tanto como en el agua, son ingeridos por los animales salvajes que mueren al tragarlas o asfixiados con una de ellas en la cabeza, al punto que se considera que miles de animales de más de 200 especies diferentes mueren por bolsa plástica. Y todos podemos hacer un alto y procurar vida al planeta, sólo con dejar de usarlas y regresar a la bella y antigua costumbre del canasto o la bolsa de tela para las compras.

Si de los 40 millones de habitantes de Colombia, uno de cada cinco cambia ese hábito y rehúsa recibir o entregar bolsas plásticas (calculando 24 bolsas al mes por persona) estaremos evitando que 2.360 millones de bolsas envenenen cada año el medio ambiente, salvamos especies acuáticas, terrestres y aéreas y embellecemos el paisaje. Vale la pena.

[email protected]

Buscar columnista

Últimas Columnas de China

Mundial: China vs Colombia

Cómo decir prostituta en chino

Chimérica, ¿ya empezó el fin?

Xiong’an – coraje y paz

Iniesta: el arte de saber retirarse