Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Guerra y entusiasmo

El 28 de julio se conmemora los cien años del comienzo de la Primera Guerra Mundial: una confrontación de proporciones inmensas, que enterró el período de paz relativa iniciado después de la derrota francesa a manos de los prusianos en 1871 y creó las condiciones para el desarrollo del nazismo y el fascismo y para una confrontación todavía más cruel y masiva.

En 1914, mucha gente en los dos bandos creía firmemente en las propiedades constructivas de la guerra. Ser soldado y combatir eran actividades regulares del hombre y del ciudadano, que formaban el carácter, fomentaban el valor y la solidaridad y constituían el correlato natural del ejercicio de los derechos políticos. Las experiencias de la Primera y sobre todo de la Segunda Guerra desprestigiaron ese discurso, que ya nos es ajeno (aunque en realidad no sé qué tanto). Es verdad que hoy se pelean aún muchos conflictos, civiles y entre estados, pero en ellos la perspectiva del combate cuerpo a cuerpo tan cara a la retórica belicista del valor es remota, y la guerra total, con movilizaciones nacionales masivas y la disposición de la dirigencia de asumir costos humanos y materiales en teoría ilimitados es, por fortuna, una ocurrencia cada vez más rara.

Así que para nosotros es relativamente fácil entender todo el horror implicado en la Gran Guerra. En cambio, quienes desde ese mundo se opusieron a la carnicería europea, tuvieron que desplegar a menudo tanto o más valor físico que los combatientes, además de dosis admirables de valor moral e intelectual. En realidad, muchos de ellos habían sido soldados. En efecto, algunos de los argumentos pacifistas más vigorosos de ese entonces fueron escritos desde las trincheras. La clásica obra de Remarque, Sin novedad en el frente, es el ejemplo obvio. Pero quizás el elogio de la paz hecho desde la Primera Guerra que más me atrae ahora se encuentra en los Diarios (1914-1918) (Tusquets, 2013) del escritor belicista alemán Ernst Junger. Me atrae por oblicuo y por ser hecho a regañadientes. Junger —quien precisamente es uno de los últimos sacerdotes genuinos del culto a la soldadesca, tan afín al fascismo y al nazismo, aunque nunca se solidarizó con éste— vivió la guerra como una equívoca pero inolvidable aventura personal, en la que todo era “natural y sencillo”. Pero en 1917 llega a lo siguiente: “entonces yo también, antaño tan belicoso, tengo que hacerme esta pregunta: ¿cuándo acabará esta guerra de mierda?”.

Cierto: es una pregunta hecha desde “la base”, desde la simple experiencia del combate. Los dirigentes responsables no pueden plantearla exactamente en esa forma. Una de las muchas cosas malas que tiene la guerra es que no se puede acabar unilateralmente. Pero entre apaciguar, o rendirse, y luchar hasta la exterminación física del último adversario, hay una miríada de opciones. Por tanto, la pregunta de Junger tampoco se puede ignorar. Tarde o temprano, las estridentes campañas de odio de los entusiastas —que casi siempre son los que no participan en el conflicto, los que no mandan sus hijos a él y los que no financian el pasatiempo— empiezan a sonar a hueco y la sociedad vuelve a plantearse las condiciones para la terminación. Pero para entonces ya habrán pasado eventos irreparables e inenarrables.

Es por esto que nunca creí el cuento de que la paz es una política de Estado. Está establecida en nuestra Constitución como derecho y, claro, hay que reclamarlo. Pero la paz, como la guerra, llega inevitablemente de la mano de la política y los políticos. Y estos a su vez crean, pero también responden a, configuraciones de opinión, incentivos y señales públicas muy concretos. No basta con que la paz haya sobrevivido a una elección crucial. Hay que seguir interrogando políticamente a nuestra guerra.

 

 

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