Por: Columna del lector

Gustavo Rugeles: cuando la farsa se disfraza de periodismo

Por Juan David Torres Duarte *

En un perfil con excesos de elogio, publicado en El Nodo, se dice esto sobre Gustavo Rugeles: “En la realidad, por sus impecables trabajos a pesar de su edad, podría ya haber pasado a la historia y ser el pionero de un nuevo periodismo en el que la realidad supera la ficción”. Rugeles, director de El Expediente y experiodista del portal Las2Orillas, aparece aquí como un ángel elevado sobre la plebe de periodistas mortales, digno de un busto que magnifique sus pesquisas sin par. Sin embargo, Rugeles sólo tiene experticia para dar una lección efectiva sobre periodismo rastrero y sin base.

Unos días atrás demostró que guarda su buen juicio para otras actividades. En su portal, Rugeles publicó un supuesto informe de contrainteligencia que demostraría que el senador Iván Cepeda se reunió con el presidente Juan Manuel Santos, el vicepresidente Óscar Naranjo, el presidente de la Corte Suprema, José Luis Barceló, y el exmagistrado Fernando Arboleda Ripoll para determinar la fecha en que meterían al expresidente Álvaro Uribe en la cárcel. En esa reunión, continúa el informe, Cepeda habría repartido US$5 millones, cortesía de las Farc, a varios de los presentes.

De modo que Rugeles esbozó el complot exquisito: las Farc entregan dinero a un congresista para que, junto con el presidente de turno, envíen a un expresidente aborrecido a prisión. No hay ninguna duda: se les entregó el país a las Farc. Es la versión perfecta, esperada, la prueba final de que las cabezas más visibles de la oposición al expresidente se conjugaron para destruirlo. Demasiado perfecta. Mientras que cualquier periodista serio hubiera dudado de tanta simetría, Rugeles la consideró el argumento esencial para publicarla y la puso en línea: una conjunción de párrafos y facsímiles difusos, sin orden ni sentido argumentativo y sin peso documental, inteligible sólo para quien no quiere ver.

En sus dos primeros párrafos —si es posible llamar párrafos a sus retazos caóticos—, Rugeles asegura que recibió la información de una “fuente de entera credibilidad” y, sin explicar nada más, agrega justo después dos supuestas capturas fotográficas del documento. Las acusaciones no son menores: dos de los personajes públicos más relevantes del país son testigos de un soborno —o incluso lo reciben— para encarcelar a un líder político. El sentido común determinaría que en los siguientes párrafos hay que desarrollar la información, pues las acusaciones mayores requieren pruebas mayores. Rugeles, exhibiendo su falta de talento para la investigación y para la escritura, se lanza en cambio a formular una serie de preguntas que quieren aparentar gallardía. Pregunta, por ejemplo, si es cierto que existió tal reunión entre los nombrados. Pregunta, también, si es cierto que existe un plan B para enviar a Uribe a la JEP. Pregunta, además, si es cierto que existió una reunión en la Policía para tratar estos temas.

Sus preguntas, sin embargo, no expresan su gallardía sino su haraganería profesional. Todas esas preguntas debió responderlas él antes de la publicación: todas ellas son preguntas básicas que le haría un periodista a los protagonistas acusados. Si Rugeles quería saber qué dice el director de la DEA al respecto —porque incluso la DEA termina involucrada en el complot—, debió haberlo contactado; si quería saber si existió o no dicha reunión, debió haber llamado a Palacio y a la Corte Suprema. Para el “pionero del nuevo periodismo”, que se jacta día a día en su cuenta de Twitter de sus pesquisas imbatibles, de ser el nuevo héroe de la patria malherida del periodismo, una investigación respetable significa lanzar acusaciones sin tener certeza sobre el origen y el propósito del documento que tiene entre manos ni confrontar a los acusados.

Para encubrir la mediocridad general de su artículo, y si quedaban dudas sobre la falta de un editor pulido en El Expediente, Rugeles complementa al final con un par de retazos sobre el secuestro del ecuatoriano Fernando Balda —va de aquí para allá, tambaleando y uniendo temas sin vínculo lógico—, la Dirección Nacional de Inteligencia —sin comprenderse por qué— y remata contando —como es habitual, sin ninguna profundidad— sobre las relaciones de la Policía y el MI6 británico.

Por su trabajo carente de rigor, basado en un informe de contrainteligencia sin contraste, podría acusarse a Rugeles de extender informaciones opacas sin sonrojarse. Sólo existe, pese a todo, una certeza: Rugeles podría dar un curso de contraperiodismo sin tartamudear.

*Periodista de El Espectador.

 

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