Por: Ana María Cano Posada

Ha muerto el rey… viva el rey

COMO AQUÍ ESTAMOS ENCALAMbrados con nuestro propio y ultraconocido recalentamiento interior (que es distinto a la conmoción interior, que es esa que hemos tenido desde tiempos del ruido…), pasó Colombia, la mediática, la ficticia, sin romperse ni mancharse, frente a uno de los hechos globales más conmovedores de los muchos que, en esta frenética era que vivimos, han sido.

Murió Michael Jackson en pleno uso de sus facultades talentosas fabulosas. En la cima de una madurez de artista que era capaz de fundir en él todos los estilos (de esto me ocuparé en una próxima columna), preso detrás de una apariencia monstruosa en la que se había refugiado como los niños cuando se ponen un disfraz para desconcertar al enemigo. Y se esconden dentro de un baúl para que el mundo adulto no los toque… Él estaba escondido en su fabuloso reino de Neverland, desde donde le gritaba al resto del mundo que no había crecido porque no valía la pena crecer en un mundo adulto lleno de lobos aullando en donde él no quería estar… y les decía a los otros niños del mundo (de todas las edades, como corresponde) que se mantuvieran jugando, bailando, viviendo, y que se olvidaran de ese mundo feroz que fue capaz de cercarlo hasta vencerlo, porque Michael (así con confiancitas) valía más muerto que vivo. Y el circo que le montaron al rey del pop, al rey del escenario, al ÚNICO, contemplaba 50 conciertos de despedida (como su edad) y no los 10 que él quería cuerdamente hacer en Londres.

Y vino todo lo que siguió: ataques de pánico, drogas contra los ataques de pánico, un cerco de yesman incluidos médicos y enfermeras que hacían lo que él dijera y a veces le inducían a que dijera lo contraindicado. Un conmovedor correo electrónico da cuenta del transformista: tiene en la primera imagen al niño Michael Jackson (el genial, el que sobrevivió al tormento de un papá brutal), el de sus hermanitos Jackson cinco, y así hasta ese patético ángel caído que luchó contra el vitíligo que le cubría el cuerpo y que, decían Deepak Chopra y otros seres provenientes de la India que fueron sus interlocutores más íntimos, que la vergüenza corporal que él sentía era tanta que vivía así ultracubierto: por el pelo, los guantes, los vestidos (esa pinta de impecable tanguero, pero inglés), las chaquetas de cuero ajustadas para tapar ese blanco que iba creciendo en él como una sombra.

Y claro, el cirujano plástico que obró en él con una vulgaridad infame haciendo de él un ser reconstruido y trágico. Un ángel caído. Un hombre que gritaba desde su nowhere land (he es a real nowhere man sitting in his no where land) que la tierra se moría de sed, que había malos y que estaban todos sueltos y que iban ganando, bestias heridas y el mundo creyendo que él era una momia, un bagazo, un fósil, de tantas infamias que le hicieron. Acusarlo de pederasta, a él que era la ternura misma con los niños, como atestigua Paris, su niña de 11 años, que salía disfrazadita con sus hermanitos como una Caperucita juguetona para que los medios no dispusieran de su imagen y la empezaran a arrastrar por el mal camino que tanto conocía él, el eterno Michael (así, con confiancita), todo para robarle plata, para arrancarle todo a quien tenía posesión de los derechos de toda su música y la de Los Beatles. Las dos juntas. Ahí le queda al mundo, para siempre, el testimonio de este ángel caído que salía a bailar por el bosque, a ser el ángel único que él era cuando de verdad el arte obraba en él maravillas. Ha muerto el Rey. Viva el Rey Michael,  the one, forever.

 

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