Por: Valentina Coccia

“Habemus papam”

Cuando san Francisco de Asís ya sentía próxima la hora de su muerte, y las llagas que martirizaban su cuerpo trepidaban con vida propia, el santo patrono de Italia escribió esto en su testamento: “El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque como estaba en pecados, me parecía extremamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco y salí del siglo”.

Retomando estas palabras de su testamento, que no leía hace ya muchos años, regresé de repente a mi admiración por este santo y poeta. Aunque nunca he sido devota o religiosa, recuerdo que mis visitas a Asís, ciudad que tiene la custodia de la vida y la obra de san Francisco, estuvieron siempre llenas de una inmensa curiosidad por la vida de este santo, que de una manera o de otra derrumbó los fundamentos de la Iglesia católica medieval para reconstruirla a través de los principios de empatía, misericordia y caridad, pero sobre todo, la reconstruyó erigiendo un hogar para los marginados, los incomprendidos, los pobres y los enfermos.

Cuentan las leyendas sobre san Francisco que en los primeros años de su ferviente fe visitó la iglesia de San Damián, cercana a los parajes de Asís. En el pálido y frío sepulcro residía un crucifijo bizantino de grandes ojos que acogía con gloria y alegría el padecimiento de Cristo. En medio de las oraciones que él mismo inventaba para alabar a Dios, san Francisco escuchó cómo el crucifijo se dirigió a él desafiándole con su mirada llena de amor: “Francisco, ¿no ves que mi casa se está derrumbando? Por favor, ve a restaurarla”. Fue así como san Francisco luchó por desgarrar las vestiduras de una Iglesia cubierta con mantos y velos de vanidad y corrupción, para encauzarla de nuevo en el camino del mensaje y el ejemplo de Cristo y sus apóstoles, convirtiéndose así en uno de los santos más populares de la Iglesia católica.

El papa Bergoglio, que adoptó el nombre del santo al recibir sus vestiduras pontificias, visita Colombia trayendo consigo no solo la armadura de la fe, sino el ejemplo de la vida de san Francisco, que en este momento es clave para la reconstrucción y el restauro de la paz y la solidaridad en nuestro país.

Como anunciaba san Francisco en su testamento, su hermandad con Cristo llegó solo a través de su contacto con el leproso, con el marginado, con aquel que la sociedad medieval, dividida en jerarquías feudales, relegaba a los escalafones más míseros de la estructura social. San Francisco, como Jesucristo, vio en la santidad de los pecadores, en el sufrimiento de los pobres y la relegación de los marginados una oportunidad de pacificación. Solo acercándonos a aquellos que viven de forma distinta, piensan de manera diferente o padecen sufrimientos más grandes, incluso llegando a vivir como ellos viven, podemos valorarlos como seres humanos a pesar del abismo que las vestiduras humanas y sociales han creado entre nosotros.

Francisco, con su visita, nos invita a ejercer esta misericordia, disolviendo nuestras armaduras de violencia e intercambiándolas por aquellas de la pacificación. Recibamos a las víctimas y a los que se reintegran de nuestro conflicto armado y considerémoslos hermanos; una pieza significativa de la sociedad que estamos restaurando.

Por otro lado, como hizo el santo hizo después del episodio de la iglesia de San Damián, Francisco I también trata de reconstruir una Iglesia que se adapte a las necesidades de los contemporáneos: una Iglesia que no perjudique la posición de la mujer, una Iglesia que acepte al menos en cierta medida la homosexualidad; que aparte de la vida eclesiástica a los pedofílicos; una Iglesia sencilla, que se despoje de los lujos para regresar a la pobreza, librándose de todos los cabos que la aten a la corrupción.

Ese restauro, que Francisco I hereda del santo que le dio su nombre, es el restauro que también viene a ejercer en la realidad colombiana. Francisco I no solo nos invita a vivir en una sociedad en la que acojamos al otro, en la que ejerzamos día a día la empatía con el que sufre, sino también nos invita a un completo restauro, a una regeneración completa de nuestra casa para que se convierta en el hogar de todos los que la habitan, en el fuego que calienta los cuerpos y las almas de aquellos que han sufrido. Como Francisco, Colombia debe deshacerse de todo prejuicio que haya favorecido las divisiones, la corrupción y la violencia; y nosotros, que recibimos su visita, devotos o no devotos, católicos, protestantes o cual sea la fe que profesemos, deberíamos prestar atención a su mensaje de resurgimiento.

Por primera vez, después de muchos años de incurrir en una cristiandad tan corrupta como nuestros gobiernos, por fin podemos decir: “¡Habemus papam!”. Francisco no solo vela por los intereses de su Iglesia, sino que se ha preocupado, como pocos, por la comunidad mundial y la necesidad de unión y pacificación. Acojamos esta visita no como fieles sino como devotos de un mensaje de reconciliación y paz para nuestro país.

@valentinacocci4, [email protected]

 

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