Por: Arlene B. Tickner

Habemus TLC

Después de seis años de angustiosa espera la ratificación del Tratado de Libre Comercio parece ser (casi) un hecho.

Los obstáculos que quedan no son insignificantes. Primero, la Cámara de Representantes debe votar a favor de la continuación del Programa de Asistencia para Ajuste del Comercio (TAA), establecida como condición por el gobierno Obama para la presentación de los TLC con Colombia, Corea del Sur y Panamá, y que el Senado aprobó hace poco.

Segundo, a la bancada republicana en la Cámara, donde el trámite legislativo de estos acuerdos es más difícil, deben sumarse al menos unos pocos demócratas. Y tercero, las denuncias hechas por entidades como Human Rights Watch, que apuntan a que la Fiscalía colombiana ha avanzado poco en la investigación y condena de los responsables de asesinatos de sindicalistas, no deben prosperar.

No obstante, el afán de asegurar la ratificación del TLC con Corea del Sur o al menos señales de humo blanco, antes de la visita del presidente Lee Myung Bak a Washington a mediados de este mes, sugiere que dichas dificultades son superables. Se trata del acuerdo comercial más grande suscrito desde NAFTA, que tiene el potencial de aumentar las exportaciones estadounidenses en $10.900 en el primer año (el TLC con Colombia promete tan sólo la décima parte de eso), y que encaja bien dentro del plan propuesto por Obama para aumentar el empleo.

En realidad, el problema ya no es la aprobación sino los posibles dolores de cabeza que plantea el TLC con Colombia. Un estudio reciente publicado por la Universidad de Massachussetts Amherst, titulado Trading Away Stability and Growth: United States Trade Agreements in Latin America, sugiere que las ganancias derivadas de los múltiples acuerdos firmados desde los noventa han sido marginales en comparación con sus costos, que incluyen la reducción de ingresos por concepto de aranceles a las importaciones y la pérdida de autonomía sobre aspectos neurálgicos como la propiedad intelectual, la inversión extranjera y los servicios financieros.

La paradoja es que los mismos países (incluyendo el nuestro) que han estado dispuestos a sacrificar el derecho de fijar políticas orientadas hacia el desarrollo nacional con tal de cumplir el “sueño” de tener un TLC con Estados Unidos, han peleado para preservarlo en instancias multilaterales como la OMC. Inclusive, cuando los latinoamericanos han firmado tratados de inversión entre sí, en comparación con los que existen con Washington éstos son mucho más flexibles en términos del “espacio político” que otorgan a las partes.

Es decir, si bien habemus TLC, pese a lo que augura el Gobierno no necesariamente tendremos más crecimiento económico, más empleo ni más seguridad, sobre todo en el futuro cercano. Todo lo contrario, es probable que la larga carrera emprendida por Colombia para ganar mayor acceso al mercado y la inversión estadounidenses arroje muchos costos y pocos beneficios.

****

La vehemencia con la que la canciller Holguín ha descartado como “irrelevante” la posición de la mayoría de los países latinoamericanos sobre la cuestión palestina para definir la de Colombia en el Consejo de Seguridad de la ONU contrasta fuertemente con las declaraciones hechas apenas hace un año, tanto por el presidente Santos como por ella, en el sentido de querer “ser los voceros de América Latina y el Caribe en esa importante instancia”.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arlene B. Tickner